viernes, octubre 05, 2018

Diseñando hijos: la loca paternidad posmoderna.


La paternidad se empieza a plantear 
como el gran proyecto de crear un hijo perfecto.






La hiperpaternidad: 
marcaje, hiperprotección, sumisión a los deseos del niño, 
intromisiones en la escuela, desescolarización, 
individualización, aislamiento…

hiperpaternidad

Los libros de crianza colman las librerías. 
Las tesis de unos contradicen a las de otros. 
O las copian y refríen; tanto da, se venden igual. 
Los padres leen para fabricar al hijo perfecto, exitoso, emocional, feliz, creativo, sereno, intrépido: al hijo total. 
Libros tramposos y alentadores con títulos como Todos los niños pueden ser Einstein.

Un mercado triunfa cuando canaliza un deseo, y estos contenidos, presentados como ciencia jovial, te dicen que tu niño puede ser exactamente como tú quieras. Solo hay que motivarlos, escucharlos, guiarlos, moldearlos. «El hijo es el gran proyecto», señala Eva Millet, periodista y autora de Hiperpaternidad, «es la obra maestra a la que vas a dedicar todo, es un signo de estatus. Lo que hace tu hijo dice mucho de ti».

La maternidad sagrada y religiosa se desarboló como un suflé. Hoy surge una concepción de santidad laica. La maternidad evangélica sometía a la mujer; la versión laica somete a la mujer, incluye al hombre y vacía los bolsillos.
El niño nace con el cerebro en blanco y aprende como una esponja. Esta premisa es una mina de oro: todo está por hacer y los padres pueden diseñar a sus hijos a su antojo. Deben formarse, tecnificar la crianza. Una mina de oro y una falacia: que el cerebro nazca de ese modo no implica que puedas volcar en él lo que desees ni elegir el orden y el gusto con que el pequeño dirigirá su atención.

«Hay neuromitos educativos que ponen muy nerviosos a los padres. Dicen que tienen que aprender mucho antes de la escuela, que es el momento en que el niño va a aprender música, idiomas y va a ser un genio… Se está cambiando el patrimonio de la infancia, cada vez tienen menos tiempo de jugar», explica Millet. Es una de las vías de acceso a la hiperpaternidad: marcaje, hiperprotección, sumisión a los deseos del niño, intromisiones en la escuela, desescolarización, individualización, aislamiento…

Millet lo achaca a, entre otras cosas, el momento hipercapitalista que vivimos: ya no tomas un café, tomas un café con moca o leche de avena o estevia o sirope de agave. «Todo está muy compartimentado. También sucede con la crianza de hijos. Aquí hay veinticinco mil métodos y libros, todos con esa idea subliminal de que lo que tú hagas va a marcar a tu hijo y será esencial en que triunfe o no».

El exceso de oferta suma al perfeccionismo de los progenitores el factor de la incertidumbre. Cada sistema marca un camino y ofrece un bufé de investigaciones que lo avalan. Tanta vuelta para lo mismo: al final, un padre ansioso debe guiarse por pura fe; agarrarse a un método con devoción. La superstición siempre ha inundado la crianza. Ahora sigue haciéndolo, pero vestida de ciencia.

El naming del chiquillo

Las primeras pinceladas del diseño se aplican con la elección del nombre. Antiguamente el proceso consumía pocos minutos para la mayoría de la gente, es decir, para la gente pobre. Se escogía casi automáticamente: por ejemplo, replicando el de familiares o colocando el santo del día por muy feo que sonara. Al margen de si es mejor o peor, la cuestión es que se operaba por inercia o por afán de asentar lo común, de reconocer al niño como parte del grupo amado.
Hoy ponemos los nombres hacia fuera: seductores, originales, suaves o chispeantes, dependiendo del carácter que quiera imprimirse.
Google arroja veintiún millones de resultados con consejos y reflexiones sobre el asunto. En muchas páginas se asegura que el nombre influirá en la vida del niño. La revista Hola: «Si nos imaginamos al bebé con personalidad alegre y positiva, buscaremos un nombre que se asocie a esto… El significado del nombre es importante ya que psicológicamente puede influir». A la soberana del papel cuché la leen diez millones de personas.
«Esto viene de las celebrities. Ahora hay que buscar los nombres más raros y más diferentes porque, claro, mi hijo es tan especial, tan único que cómo lo voy a llamar Pepe o Juan», opina Millet.
Ocurre también con métodos como la crianza por apego, que sigue rutinas como la lactancia prolongada, el colecho (dormir con ellos) o trasladarlos mediante porteo y no en carricoche. Otra forma de entender que el buen futuro de un niño depende de la presencia ubicua de los padres. «Procede en parte de la clase alta americana. Viene de las millonarias, pero aquí se plantea como una cosa alternativa, casi anarquista», apunta Millet.

Necesitar la escuela perfecta

En abril de 2018, TV3 emitió un reportaje de tono inspiracional que relataba la travesía de dos padres para elegir la mejor escuela para su hija: abandonaron total o parcialmente sus puestos de trabajo, compraron una caravana y viajaron durante veinte días por Cataluña para encontrar el colegio idóneo. Lo encontraron en el municipio de Estany y echaron el freno de mano. En el momento de publicación de la pieza, la pequeña familia vivía en el vehículo a unos cuantos metros del centro elegido.

Padres con archivos Excel imposibles, padres de excedencia, padres que inventan intolerancias alimentarias para ganar puntos y acceder al centro de sus sueños. La Conselleria d’Ensenyament catalana optó por eliminar el sistema que otorgaba puntos a los niños con este tipo de problemas digestivos. Lo hizo, entre otras cosas, para limitar los intentos de fraude.
¿Qué pasa si aceptas, simplemente, el centro que te toca por proximidad? «Casi parece que eres mal padre», lamenta Millet, «las escuelas públicas están muy bien, todas quieren educar y enseñar a nuestros hijos, pero este modelo de paternidad las están cuestionando mucho».

Hay familias que discrepan de la educación reglada y deciden explorar otros territorios. Bien en centros alternativos o bien enseñando a sus hijos ellos mismos. Estos últimos, se llaman homeschoolers.
Madalen Goiria, experta en Derecho Civil, ha estudiado a fondo el fenómeno desde 2015. No hay datos oficiales. Cuenta Goiria que, desde el punto de vista estadístico, quienes educan en casa y quienes optan por proyectos no homologados son indistinguibles. Para la Administración, «mandar a tus hijos a escuelas como Montessori, Freire o Wild es como mandarlos a una escuela de macramé». No obstante, afirma Goiria, estas instituciones están creciendo como setas.

¿Por qué las familias deciden echarse al monte educativo? «A las familias no les gusta el sistema habitual porque está basado en unas motivaciones ajenas a la manera de sentir de los padres: porque usan el sistema de premio y castigo, porque usan libros de texto, porque siguen procedimientos autoritarios y directivos…», resume Goiria.

¿Qué entienden por métodos autoritarios? «Tienen que comer a una hora determinada, que hacer fichas a la hora en que se le ocurre al profesor aunque ellos no quieran hacerlo, tienen que dormir a la hora que le conviene al centro», explica.
Estas familias prefieren unos procedimientos más abiertos: «Que los padres puedan intervenir en el centro y ayudar a sus hijos a adaptarse un medio distinto, que no tengan que ir el primer día y dejarles solos y que si lloran, los dejen así porque ya se acostumbrarán y pararán de llorar. Esto hay familias que no lo ven».

La implicación no se limita a la aclimatación al medio: «Quieren tener un ámbito de decisión mayor en cómo se produce la participación del menor en el proyecto educativo, en qué condiciones, por qué…». Se alegan también «problemas de socialización». Por un lado, el acoso. Por otro, formas más leves de conflicto. «Que alguna característica específica que tenga el menor le haga ser víctima del sarcasmo del resto. Ahí se produce como defensa la desescolarización y el acudir a medios más amables, humanos y adaptados a sus características».
Este tipo de escuelas, al no ser concertadas, son caras. No todos se las pueden permitir. «La educación de calidad es cara», puntualiza Goiria. Hay padres con ingresos suficientes y otros que viven con austeridad y se privan de todo para poder regalar a sus hijos esa formación. En muchos casos solo trabaja el padre: la madre, poco a poco, primero por baja maternal, luego por reducción de jornada o excedencia, acaba centrada solo en la crianza.

Estas tiranteces entre el ámbito privado y el público, entre la esfera de control parental y la esfera de la vida exterior, se infiltran también en las escuelas tradicionales. Los padres se implican, piden cada vez más cuentas de lo que ocurre dentro del centro, solicitan tratos especiales para sus hijos.

La socióloga de la Universidad de Valladolid Almudena Moreno ha observado el fenómeno: «El maestro está amenazado, por un lado, por la complejidad de la sociedad informativa en la que vive el niño y, por otra parte, por el papel tan protagonista que quieren tener los padres en el proceso educativo. Está bien que se impliquen, pero puede correrse el riesgo de que cuestionen la función del maestro».

La tecnología consigue que el mundo escolar pertenezca cada vez menos a los chavales. En el microcosmos de la escuela, los pequeños ensayaban su independencia, su capacidad de influir y aprender de un ecosistema social que no controlan del todo. Pero hoy proliferan sistemas para avisar ipso facto a los padres cuando el menor falta a clase. Hay guarderías como El Parque de Pozuelo, que instala cámaras en las aulas para que los padres espíen a sus hijos siempre que lo deseen.
Algunas escuelas informan día a día de lo que sucede en las clases. Y los grupos de Whatsapp de padres son la normalidad, y el caos.

Ferran (nombre ficticio) es tutor en un colegio público de Alicante. «Hay muchos niños que están perdiendo el hábito de anotarse los deberes en la agenda porque dicen que, total, luego su madre lo pregunta por el grupo y se lo dice». En su opinión, estos chats reflejan la «inseguridad de los padres», que necesitan la confirmación de los demás en todo para estar seguros de no tropezar ni en lo más nimio. «Se vuelven locos con cualquier cosa». Si se dice que los chavales tienen que llevar una camiseta roja para un festival, los padres se sienten golpeados por un tsunami de dudas. «¿Roja? ¿Roja lisa? ¿Roja a rayas?».

Los padres no solo respetan hasta la sumisión los gustos o apetencias de sus hijos, sino que tratan de que el centro replique su actitud. A Ferrán le sorprende el número de niños con alergias alimentarias en su centro. Algunas, rocambolescas. «Yo no me las creo, les pido el certificado médico porque si no, sería un despiporre. Aquí tenemos un niño que siempre que tocan habichuelas, llega su madre y pide dieta blanda», relata.

Baja tolerancia a la frustración

Existe una tensión entre el deseo paterno de crear un mundo inocuo de probeta para sus hijos, sin fricciones, alejado de toda posibilidad de dolor y adaptado plenamente a su sensibilidad (a la sensibilidad que ellos tratan de diseñar) y el mundo real, externo, escolar.
Los padres se documentan y se aplican para dar sentido a un axioma contemporáneo: todos los niños son especiales, hay que proteger la singularidad del niño; o también: el éxito depende de la motivación. Como en toda fe, afloran paradojas: en la época en que los padres se involucran con más fuerza en cada paso de sus hijos, resulta que las malas notas no son responsabilidad suya ni de los pequeños, sino de que el maestro no sabe motivarlos. Y si no: «Ellos dicen: “Mira el niño que no se comporta, que no aprueba; es porque tiene una baja tolerancia a la frustración”, y lo dicen como si fuera una enfermedad crónica», cuestiona Eva Millet.

La hiperprotección logra que los obstáculos y los pequeños tropiezos se agiganten y se conviertan en un problema de remanencias médicas. Si un problema es médico, significa que es ajeno a la esencia del menor, que no compromete su ser genial.
El último estudio del Plan Nacional sobre Drogas reveló que, en 2017, uno de cada seis adolescentes tomó ansiolíticos para soportar la tensión de los exámenes o el trago de una ruptura sentimental. La edad de inicio se adelanta a los 14 años. La primera droga, como recogió la Cadena SER, es psiquiátrica y se prueba antes que el alcohol o los porros.

La angustia de poder elegirlo todo

Un niño protestaba con la espalda pegada a una valla en una calle del centro de Madrid. Las dos manitas agarrando fuerte uno de los travesaños. Lagrimeaba sin convicción, amenazaba con patalear. No se entendían sus quejas, tenía edad para hablar, podía hablar, pero soltaba gruñiditos. Ansioso, dubitativo.

No le convencía nada de lo que le sugerían sus padres. Sus padres. Ella, con el carrito del hermano; él, argumentando: «Venga, te vienes con el papá a poner gasolina y cogemos una pizza y vemos una peli, ¿eh?, ¿vale?». Ella: «¿O prefieres venirte con mamá y te pones los dibujos hasta que venga el papá?». El chaval se inflaba y desinflaba como una colchoneta de playa. No decía ni sí ni no.

Es la escenificación infantil, despojada de recursos intelectuales, de una crisis existencial. La angustia de la libertad, de que todo esté abierto. El único asidero ante tales aflojamientos del ser es la rutina, la inercia: que exista un tejido de cosas prosaicas inmutables, que no haya que ponderar, valorar y decidir. Esos automatismos pueden dejar de cuajar por la acción de los padres que creen que debe debatirse, consensuarse y negociarse cualquier acción.

«La familia no es una democracia. Hay una jerarquía. Claro que los hijos tienen derechos, pero no podemos estar preguntándoles todo el tiempo, dándoles la responsabilidad de qué van a cenar, qué se van a poner o si se quieren duchar. Se pregunta todo porque así somos más guays y más democráticos, pero no hace bien», critica Millet.

Los nuevos padres son padres tardíos. Han tenido tiempo de formarse, de analizar cómo ejercían la paternidad sus semejantes, de criticarlos, de convencerse de que lo pueden hacer mejor.  Han asumido, además, que sus propias taras provienen de su crianza. Han detectado los fallos de sus progenitores, de sus entornos. Han caído en la ilusión de la infoxicación: creen que todo lo que influirá en el desarrollo de una persona es accesible y puede aprenderse.

Temen que se repita la precariedad, la inseguridad, la crisis: quieren blindar a sus hijos, que sean los más formados y preparados, a pesar de haber comprobado que eso garantiza pocas cosas. Quizá sea una reacción defensiva: necesitan creer que controlan lo que, finalmente, la vida hará con sus pequeños.

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