martes, julio 02, 2013

Me duele la educación, no me siento los derechos ¿Qué me pasa Doctor?

Me duele la educación, no me siento los derechos 
¿Qué me pasa Doctor? 
 
Quiero y deseo 
que a mi hijo no le duela la educación, 
necesito que mi hijo sienta sus derechos

que me pasa doctorEn los tiempos tan convulsos que estamos viviendo vemos como cada día que pasa somos un poco menos libres, un poco menos ciudadanos. Avanzamos con paso firme hacia un angosto desfiladero llamado Globalización. En este actual estado de cosas, en pro de la tan llevada globalización se está normalizando todo, se universaliza el modelo social, un modelo que pretende eliminar la diversidad, algo que por cierto nos empobrece enormemente. 

Sin aceptar lo que es diferente 
no llegaremos a ninguna parte.


Requerimos de grandes cambios, variar el rumbo social, y además debemos ser poseedores de grandes cantidades de tesón y paciencia. Los cambios tardan tiempo y requieren del esfuerzo colectivo. Pero la normalización no promueve la calidad de pensamiento, todo lo contrario. Y necesitamos de una gran calidad de pensamiento para que nuestras generaciones venideras sean capaces de afrontar no solo los cambios, además puedan dirigirlos y adecuarlos. El presidente de Uruguay, José Múgica, afirmó en una entrevista , y razón no le falta
 Los sucesos están gobernando a los hombres y
 no son los hombres los que gobiernan los sucesos.


Y para aceptar la diversidad, para encaminar nuestras vidas y la de nuestra prole hacia una sociedad más justa, más igual, requerimos de dos factores fundamentales: Educación y Equidad. Sin estos dos factores conjugados a la perfección no podremos seguir al párrafo siguiente, en ese donde se habla de derechos, donde se habla de libertad, paz y felicidad. Corremos grandes peligros cada día, pero si esos avatares vitales nos llevan hacia el angosto sendero de la “Normalización global”, incurriremos en errores que quizá sean irreparables. Y aunque el dolor de hoy ya no se puede reparar, evitar el de mañana debe ser una obligación. Si nos dejan solos en medio del drama de la vida, al final, se toman decisiones drásticas y no siempre correctas, pero decidir qué es lo correcto y qué no lo es, requiere decidir quien debe ser el juez, y por tanto, será siempre un juicio subjetivo. Si no reconocemos la realidad, entonces, sí viviremos en una realidad falsa, una realidad global, aderezada con refrescos, hamburguesas de plástico, ropa de moda, y la cultura se convertirá en lo que nos ofrezcan por la televisión. Todo el tiempo que hemos perdido ya no lo vamos a recuperar, aquellos niños que mañana serán adultos no podrán volver atrás. Acabo de llegar de Granada, he aprendido mucho en dos días, ojalá no hubiese ido, hoy sería más ignorante y quizá no sería tan consciente de la realidad. Pero es que estuve en Granada, y he vuelto con una mayor conciencia de la realidad, esa que tan poco me gusta.


Escribía Ruben Darío en “Prosas Profanas y otros poemas” una frase que en estos momentos adquiere una gran relevancia, quizá hasta demasiada cuando la sacamos de contexto “Abuelo, preciso es decíroslo: mi esposa es de mi tierra; mi querida, de París”. Y es que esa querida extranjera es quien parece dirigir nuestro destino, más allá de los deseos de la esposa, que es en suma, quien camina junto al marido, quien saborea los sinsabores, quien disfruta de los malos momentos, quien pasa noches en vela. Y sin embargo, los mejores besos se los lleva la amante. Pues algo así nos está pasando. Nuestra capacidad para que nuestra educación cambie, se adapte, evolucione y entienda que debe ser mejorada no es la suficiente. Es nuestra educación quien sufre las carencias, mientras la amante extranjera disfruta las mieles. La fiel esposa llora por sus hijos, viendo como son apartados y segregados, sufriendo por el ¡qué pasará mañana!, ¡qué será de mis hijos! Y mientras, los hijos bastardos de la amante extranjera disfrutan del lujo, de la libertad. Y es que para que los bastardos disfruten de libertad deben robársela a nuestros hijos. Es una cruel forma de modelar al libertad. Y por eso somos infelices, por eso no tenemos esperanza, ni paz. Porque sabemos que nuestro esposo se lo da todo a la otra. Es cierto que la amante es la reina de la normalización, adora la globalidad, y no le gusta el libre albedrío. Pero el esposo le hace más caso, ¡a saber por qué! Y por eso no tenemos ni paz, ni felicidad ni bienestar. Sin paz no hay libertad real y por tanto los derechos serán siempre derechos condicionados por o para, pero nunca en favor de…


Y por eso me duele tanto la educación, 
y por eso no me siento los derechos.


Cada día veo como hay personas que salen a la palestra a exponer su queja de forma pública, los hay más vehementes, los hay más agresivos o incluso con gran ánimo de diálogo. El problema al final radica en el ajuste del tiempo. Es decir, durante cuanto tiempo se extiende la queja, la protesta o la reivindicación. Por norma suele ser poco tiempo, no existe constancia, ya sea por comodidad, agotamiento, o lo que sea, y claro, esa queja apenas es una gota en un océano. Por eso es básico el poder crear estructuras sólidas, que puedan transmitir ese conocimiento, esas ideas, esas reivindicaciones. Y sin duda, la mejor estructura para eso es un pueblo unido, con su mirada puesta un poco más allá. Si algo tenemos las familias de personas con autismo es una dureza a prueba de todo, una capacidad de soportar todo lo que nos caiga y de seguir adelante. Esa resiliencia forma parte de nosotros, pero quizá debamos de empezar a usarla de otra forma. Si queremos cambios, quizá debamos actuar de otra forma.


Quiero y deseo que a mi hijo no le duela la educación, 
necesito que mi hijo sienta sus derechos 
¿Y usted, qué quiere, qué desea?

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