viernes, mayo 20, 2016

Brechas de género en la infancia


nenesEn San Francisco asistí a una (otra) sesión muy interesante sobre “brechas de género en la infancia”, en la que presentaron dos de las personas más relevantes de mi área (economía laboral/pública aplicada): Raj Chetty (Stanford) y David Autor (MIT).

La idea principal de sus resultados es que en EEUU, el haber crecido en un entorno desfavorecido (en una familia pobre, con una madre soltera, en un barrio “chungo” o en un colegio muy malo) está asociado con resultados negativos a medio y largo plazo (lo que ya sabíamos), pero mucho más para los niños que para las niñas. A los niños de familias de nivel socio-económico bajo les va peor en la vida que a las niñas, en muchas dimensiones. Ambos estudios concluyen con el mensaje de que a los niños les afectan más las malas condiciones (familiares o del barrio y el colegio) durante la infancia que a las niñas, en términos de resultados a largo plazo. Esto les lleva a afirmar que las brechas de género en la edad adulta tienen sus raíces en la infancia.
Chetty y sus coautores se centran en mostrar cómo las “brechas de género” en la edad adulta varían mucho a lo largo de la distribución de la renta de los padres. Entre niños/as de familias pobres, la brecha en, por ejemplo, tasas de empleo, incluso se invierte (los hombres procedentes de familia pobre tienen tasas de empleo inferiores a las mujeres).
Autor y coautores estudian dimensiones como las tasas de graduación de la educación secundaria, los resultados en tests estandarizados, los problemas de comportamiento en el colegio, y la criminalidad juvenil. Analizan pares de hermanos niño-niña (para controlar por características familiares), y tratan de entender la medida en que la desventaja relativa de los niños de origen pobre se debe a factores prenatales o a un impacto diferencial del entorno socioeconómico durante la infancia, decantándose por esta última hipótesis (ya que los hermanos de familias pobres no difieren de sus hermanas en términos de salud al nacer).
El tema me pareció muy interesante, así que he aprovechado para intentar realizar este tipo de análisis con datos españoles. La dificultad estriba en encontrar bases de datos con resultados en la edad adulta (tipo empleo o salarios), y que también incluyan información sobre el nivel educativo o de renta de los padres o el barrio en el que creció una persona. Finalmente, me he centrado en resultados educativos de personas jóvenes (que aún viven con sus padres): el nivel de estudios alcanzado por personas de 16 a 20 años en la Encuesta de Población Activa (EPA), y los resultados en los tests estandarizados PISA a los 15 años (de los que ya hemos hablado muchas veces, por ejemplo aquí).
La figura 1 muestra los datos de la EPA (2º trimestre de 2015), por separado para hombres y mujeres. El tamaño muestral es 8.144 personas. El eje vertical muestra la proporción de jóvenes que han completado la educación secundaria obligatoria en el momento de la encuesta, y el eje horizontal agrupa a las personas según el nivel educativo de sus padres.
Figura 1. Proporción de jóvenes que han completado la ESO, según el nivel educativo de los podres (EPA 2015, edades 16-20)

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Lo primero que destaca del gráfico es algo que ya sabíamos (ver aquí y aquí): los resultados educativos de los hijos están muy relacionados con el nivel de formación de los padres. Mientras que el 95% de los hijos de padres universitarios ha completado la ESO, la cifra cae al 77% entre aquellos cuyos progenitores no tienen un título de educación secundaria de primera etapa. Se trata de una escandalosa brecha de 18 puntos porcentuales.

Pero también destaca cómo la brecha de género varía con la distribución de nivel educativo de los padres. Entre los hijos de universitarios, la brecha es casi inexistente (menos de 1 punto a favor de las niñas), mientras que ésta es mucho mayor entre niños con padres de baja formación (ver figura 2). La brecha de género alcanza los 5 puntos en familias en que los padres no han completado el bachillerato.
Por tanto, los datos parecen ir en la misma dirección que los de EEUU: la procedencia familiar parece afectar más a los niños que a las niñas, al menos en cuanto a las tasas de graduación de la educación secundaria. Esto queda confirmado en un análisis de regresión con variables de control y medidas alternativas de desventaja socioeconómica de las familias.
Figura 2. Diferencia entre las tasas de graduación de la ESO de hombres y mujeres, por nivel educativo de los padres (EPA 2015, edades 16-20)

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Para intentar entender mejor los mecanismos, he mirado también los datos de PISA (años 2000-2012). En general, las niñas obtienen mayor puntuación en las pruebas de lectura, y los niños en las de matemáticas. Estas brechas, sin embargo, no varían significativamente con el nivel socioeconómico de la familia (algo que también encuentran Autor y coautores para EEUU). Es decir, parece que a nivel cognitivo (a los 15 años) la procedencia familiar no está asociada a los resultados de manera diferencial por género.

Si el origen de la brecha educativa no es cognitivo, ¿qué puede ser entonces? Donde sí se observa una brecha de género decreciente con el nivel socioeconómico en los datos de PISA es en variables de comportamiento. Los chicos de familias desfavorecidas muestran actitudes mucho más negativas hacia la escuela y repiten curso con más frecuencia, y este gradiente no es tan pronunciado entre las chicas.
Parece ser entonces que, también en España, el entorno familiar ejerce una influencia importante sobre los resultados educativos, pero esto es así especialmente para los niños. Es probable que esto tenga consecuencias más a largo plazo, en términos de mercado laboral y renta, y también sobre los resultados de la siguiente generación. No sabemos bien a qué se debe esta brecha de género en la infancia, pero seguramente merece la pena prestarle más atención.