sábado, enero 23, 2016

A propósito de belenes, magos, niños jesuses...: Ahora que pasó la Navidad.

Miércoles 20 de enero de 2016



Vaya por adelantado: yo no soy creyente. No soy ateo estrictamente. Soy más de poco creer. Me parece que a mi posición se llega por un razonamiento equilibrado, lo mismo que al fanatismo se llega por un desequilibrio del razonamiento o por, directamente, ejercicio de estupidez. En estas navidades pasadas asistimos a debates tremendos: si hay que hacer cabalgata de reyes, si hay que poner belenes, si tal y pascual. A mí eso me parece de tontos con balcones a la calle, bobos de solemnidad o babayos de collación.

Yo siempre ví en la navidad una fiesta popular, una costumbre, unos días de alegría compartida en familia, un intercambio de regalos, etcétera, que no han causado nunca ningún problema y, más bien al contrario, provocan una sensación lúdica. Creo que es la menos ideologizada de todas las fiestas religiosas. Es más bien “un cuento de navidad”: un niño pobre nace en un establo y los humildes pastores le traen leche y miel, y los reyes magos preciosos regalos del lejano oriente.

Nos recuerda José Antonio Marina que la navidad es una fiesta paradójica. Es una festividad religiosa en un mundo muy poco religioso. Es una fiesta familiar en un mundo donde la familia está en crisis. Es una fiesta de la infancia en un mundo que los adultos diluyen la infancia en beneficio de un feroz consumismo. Cuando yo era niño la navidad empezaba el 22 de diciembre, con el gordo de la lotería. En casa poníamos el árbol (nunca fuimos de belén) esa tarde. Hoy los grandes almacenes dictan que la navidad empieza en noviembre.

A mí me parece que es bueno recordar a una figura tan conmovedora y magnífica como Jesús de Nazaret, un humilde judío que ha determinado –tengo yo que para bien- nuestra cultura. Además estamos exaltando un nacimiento, cosa muy importante, porque el hecho de que una persona nazca, un niño, es un hecho transcendental y sagrado.

Hablemos del maestro del estructuralismo marxista. Sartre fue confinado por los nazis en un campo. Llegó la navidad y él, sabiendo como sabía que la mayor parte de los soldados alemanes era de profundas raíces cristianas, les pidió permiso y materiales para montar un belén. Los nazis aceptaron y Sartre interpretó el papel del rey Melchor. Años después le preguntaron que cómo él, comunista y ateo, había promocionado tal cosa. Sartre lo explicó muy bien: “la navidad nos remite a la infancia, al amor, a la solidaridad; a nadie molesta la navidad y reconforta a muchos”. La cita no es textual. Hablo de memoria.

Y viene Ernst Bloch, otro marxista y ateo, para escribirlo con meridiana prosa: “el establo, el hijo del carpintero, el predicador entre gente humilde y el patíbulo al final son resultado del material histórico y no fruto del material dorado, preferido por la leyenda”. Y continúa: “aquí aparece un hombre bueno con todas las letras, en toda la extensión de la palabra, algo que no había ocurrido nunca”. Este Jesús manifiesta una “tendencia hacia abajo”, del establo al patíbulo, optando siempre por los débiles. Así lo interpreta Bloch.

Pero es que Mateo y Lucas lo dicen cuando describen el árbol genealógico de Jesús. Hay grandes reyes, como su padre David. Pero no aparecen las grandes mujeres de la historia hebrea, cosa importante por cuanto la raza entre los judíos la trasmiten las mujeres. No aparecen mujeres fundamentales como Rebeca o Sara. Pero aparece Rajab, una mujer de la que nada dice el antiguo testamento. Todas las mujeres de Jesús son de dudosa fama, empezando por Miriam, su madre. Las cuatro mujeres de Mateo y de Lucas son extranjeras, no son judías. ¿Qué decir? Añadamos a esto a Magdalena, seguramente su esposa, y nos llevará a la cosmogonía egipcia.

Jesús nace como todos los hombres. Ese predicador no cae de un cielo estrellado y tiene familia, generaciones como las nuestras, miserables, grandiosas, generosas, intrigantes, pero que, al fin, nos señalan que la ética nunca se rinde. Si la furia de la destrucción de la que hablaba Hegel no se ha impuesto es porque la ética nunca será un mueble muerto, como decía Fichte.

El nacimiento de un tal Jesús, hijo de José y de María, no fue recogido en las crónicas de la alta sociedad. Los evangelistas nos cuentan que fue comunicado a pastores, a gente de la montaña, a gente no romanizada, no “civilizada”. María y José eran, diríamos hoy, proletarios y llamaron a los suyos para decirles que habían tenido un hijo.

Pero llegó la estrella, el cometa que siguieron unos magos, unos científicos, unos positivistas. Es el cielo estrellado de Kant, el silencio de los espacios infinitos de Pascal.

Jesús acabó en el patíbulo, en una cruz, la pena que Roma aplicaba a los rebeldes. Y gritó en arameo, su lengua materna, pidiendo a las madres (elohim) que no lo abandonaran. Pero, como escribiera Hölderlin, “Dios hizo el mundo como la mar hace la playa: retirándose”.

Bloch está en lo cierto y yo comparto su idea. No soy creyente pero soy cristiano.

No hay comentarios: