viernes, julio 27, 2012

En la escuela pública hay niños y niñas que son sujetos de derechos y a ellos se les debe el mayor respeto.


Wert

o la Pedagogía de la Indiferencia


Por: Pablo Gentili 


Me disponía a escribir una nueva nota para CONTRAPUNTOS, cuando una entrevista del Ministro de Educación español, José Ignacio Wert, me dejó literalmente petrificado: “Es un error que todos vayan despacio para que algunos no se queden atrás”.

En España, evidencias sobre los desatinos provocados por la política educativa del gobierno conservador no faltan. Tampoco, declaraciones torpes y descuidadas de un ministro al que le gusta anticipar sus decisiones con exabruptos verbales. El punto negativo de todo esto son las consecuencias desastrosas que, en materia democrática, se ciernen sobre la educación española. El punto positivo, si es que así podemos considerarlo, es que la vocación del ministro Wert por hacer un uso abusivo de la palabra, pone en evidencia lo que hoy está en juego en España. Se trata de algo bastante más serio que los catastróficos cortes del gasto público social, el cierre de cursos, la pérdida de empleo para miles de docentes y el aumento desmedido de las tasas y cuotas escolares.

Se ha puesto en juego en España una arquitectura cultural, una ingeniería ideológica que, por detrás de argumentos tecnocráticos y supuestamente eficientistas, aspira a desmantelar los fundamentos de la escuela pública, sus principios, su razón de ser, su enorme potencial democrático. Se ha iniciado en España algo más que un juego de sumas y restas para equilibrar las cuentas públicas, algo mucho más serio que una nueva (y seguramente inacabada) ley de educación o una nueva (y nunca implementada) reestructuración curricular. Se ha iniciado en España un proyecto que aspira a fundar un nuevo sentido para la educación o, dicho en otras palabras, un nuevo sentido para el futuro: una nuevaherencia. Esto, creo, es mucho más peligroso que el prêt-à-porter del ajuste fiscal y sus incontrolables tijeretazos sobre el presupuesto público.
La frase del ministro Wert no logra esconder por detrás de su verborragia reformista, la firmeza de una intimidación, un aviso....



La escuela pública es el espacio que la sociedad democrática ha creado para hacer del conocimiento un bien común, para compartir en ella la posibilidad de un ejercicio de libertad y de igualdad que deberemos replicar en nuestra vida extra escolar. En la escuela pública no hay “buenos” ni “malos”, “lentos” ni “rápidos”.

En la escuela pública hay niños y niñas que son sujetos de derechos y
a ellos se les debe el mayor respeto.





Wert dispara en dos direcciones: hacia la llamada “gente común” (aquella que aspira que a sus hijos les vaya bien en la escuela como una precondición para que les vaya bien en la vida) y hacia los profesionales de la educación o a todos aquellos que defienden el derecho a una escuela común, pública, democrática e igualitaria. A los primeros, trata de explicarles cómo funciona, en definitiva, la vida: unos triunfan, otros fracasan. Trata de explicarles que resulta un falso gesto de generosidad que la gente poco lista determine el ritmo de aprendizaje y los intereses educativos de “todos”. La ineptitud o la holgazanería de algunos no pueden perjudicar al “conjunto”, parece sostener el ministro Wert. Cada uno, en definitiva, debe aspirar a correr la carrera del conocimiento a su manera: algunos llegarán primeros, otros últimos, como en la vida. Lo cierto es que el ritmo de marcha lo fija cada uno en virtud de sus capacidades y su esfuerzo. Como el sentido común indica, en la vida las personas progresan gracias a sus méritos. Es por lo tanto injusto y desatinado que el mérito de unos no se vea recompensado por la pereza de otros. ¿Cuál es la razón por la cuál los más rápidos deben esperar a los más lentos? Por otro lado, ¿esperarlos para qué? ¿Qué tienen que hacer juntos los lentos y los rápidos?

Wert trata de escudarse en la sabiduría convencional, aquella que suele brindar inmunidad a los políticos conservadores y obsesionados por combatir las políticas igualitarias: el efecto de contagio en las instituciones educativas siempre se produce en dirección a la mediocridad y a la falta de competitividad. Los malos contaminan a los buenos y, por eso, parece sensato separarlos. El ministro no aclara quiénes son esos “algunos” que acostumbran a quedarse rezagados, aunque esto, la gente común ya lo sabe: los pobres, los inmigrantes, los que tienen “dificultades de aprendizaje”, los que vienen de familias “problemáticas”.

Es curioso que la frase del ministro Wert resulta incoherente en términos lógicos. Y, aunque la coherencia suele no ser un atributo que los políticos aprecian, vale la pena señalar que el uso de “todos” para contraponer a “algunos” es un recurso lingüístico que, en términos literales, carece del menor sentido. Si ya hay “algunos” que se quedan atrás, entonces los que siguieron su camino a ritmo rápido no son “todos”, sino los que sobraron. La frase correcta debería ser: “Es un error que algunos vayan despacio para que algunos no se queden atrás”.
¿Por qué Wert usa el “todos” si está haciendo referencia a “algunos”?

Sin ánimo de someter al ministro a un examen psico-linguistico con tan precarias bases científicas como sus opiniones, creo que se trata de ostentar un recurso discursivo muy habitual en los políticos conservadores: confundir los intereses de una minoría con los intereses de la totalidad de la población, así como las acciones o demandas de las mayorías con caprichos arbitrarios de un pequeño grupo de privilegiados. “Todos” aquí son los mejores. “Algunos”, los peores. Lo que el ministro Wert quiso decir es que: “en la sociedad española, es un error que unos pocos se perjudiquen porque la mayoría marcha a ritmo lento”. La frase, sin lugar a dudas, sonaría muy poco atractiva en una país que tiene un cuarto de su población infantil en situación de pobreza. Para Wert, los pequeños más listos no tienen por qué hacerse cargo de que haya hoy en España más de 2.200.000 niños y niñas pobres, quienes, portando la mochila de su pobreza, marchan a ritmo lento. Wert llama a los que les va bien en la vida, “todos”. A los otros, a los que viven el infortunio de una crisis económica que no han generado pero que los tiene entre sus más dolorosas víctimas, “algunos”.

En el Estado español, según datos de UNICEF, el número de niños y niñas que viven en hogares con todos sus miembros desempleados, aumentó 120% entre el año 2007 y el año 2010. Un número que sigue creciendo y que, en las actuales condiciones de ajuste económico, aumentará dramáticamente. ¿Por qué los hijos de aquellos que tienen empleo deberían atrasarse escolarmente por los problemas que cargan los pequeños de aquellos que no han sabido conservar su estabilidad laboral en tiempos de crisis?
Wert no describe. Wert, amenaza.

Y lo hace con especial insidia a los que defienden la escuela pública. Hacia ellos, hacia ellas, el ministro no tiene más que palabras de desprecio y desvalorización. Defender lo público es defender que se nivele por abajo a los que, gracias a su talento, vuelan más alto que el resto. Así, los docentes y sus movimientos, las organizaciones de defensa de la escuela pública y todos los que luchan por la ampliación del derecho a la educación, no son otra cosa que entidades corporativas que resisten al incontenible proceso modernizador por el que este gobierno pretende encauzar a un sistema educativo enfermo. Sonaría atractivo, si no fuera falso.

Los conservadores, y el ministro Wert lo es, reaccionan de forma vehemente ante cualquier política igualitaria. Fuera del individualismo exacerbado, los conservadores se marean, pierden el rumbo y, no pocas veces, la cordura lingüística. Wert abomina la escuela pública y la considera culpable de todos los males que enfrenta la educación española. Lo hace porque supone que, más allá de las políticas socializantes, inconclusas o no, se ha instalado en España un principio ético que establece que es posible pensar en la educación como un asunto de la comunidad, como un problema de todos, en la escuela como un bien público. Se trata, por lo tanto, de dinamitar este principio, de deconstruirlo, de desestabilizar sus bases, de volverlo inaceptable.
La escuela pública se vuelve frágil cuando el derecho a la educación, imperativo ético de cualquier sociedad democrática, deja espacio a una pedagogía de la indiferencia que sacraliza los intereses individuales sobre las aspiraciones de igualdad y justicia social de toda una comunidad.

Desde el Sur, y con la experiencia de largas décadas de procesos de privatización y ajuste neoliberal a cuestas, creo que esto es lo que está en juego: desintegrar una idea que ha inspirado luchas y conquistas democráticas, que ha iluminado sueños y utopías. La idea de la escuela de todos y para todos. La escuela de la igualdad y de la diversidad. La escuela donde el ritmo de marcha no lo marcan ni los más lentos ni los más veloces, sino la deliberación y el diálogo acerca de lo que es mejor para todos; a veces, se avanza más, a veces, menos, simplemente porque lo que se está buscando no es llegar más rápido a algún sitio, sino formar buenas personas, personas solidarias, generosas, tolerantes, dignas, amables, sabias. La escuela pública es el espacio que la sociedad democrática ha creado para hacer del conocimiento un bien común, para compartir en ella la posibilidad de un ejercicio de libertad y de igualdad que deberemos replicar en nuestra vida extra escolar. En la escuela pública no hay “buenos” ni “malos”, “lentos” ni “rápidos”.

En la escuela pública hay niños y niñas que son sujetos de derechos y
a ellos se les debe el mayor respeto.

Un respeto que el ministro Wert ha comenzado a perder.


Fuente ATTAC Madrid

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