Combatir la pobreza infantil más allá de la caridad navideña.


Niños jugando
UNICEF / CAROLINA SÁINZ
La Navidad es el tiempo de la infancia. Los espectáculos, las tiendas, las leyendas o las historias sagradas… todo gira en torno a ella. Es también cuando los adultos volvemos a mirar el mundo a través de los ojos de esa niña o niño que aún llevamos dentro. 
Recordamos los sabores de nuestros primeros años, los regalos que más nos ilusionaron, llevamos a nuestras criaturas a ver la cabalgata de Reyes a la que nuestros padres nos llevaban antes a nosotros... Todo ello nos conmueve, nos ablanda y nos vuelve más caritativos de lo que somos el resto del año, aunque nunca lo suficiente, porque nunca puede ni debe ser suficiente.

Ayer mismo, en una carnicería, una chica muy joven nos pedía a los clientes que esperábamos turno que por favor le compráramos comida. Para convencernos de que era una madre necesitada, nos enseñaba las fotos de su bebé e incluso vídeos en el móvil con su marido y su hijo jugando en la cama. Nos quería convencer de que era verdad que tenía un hijo pequeño, pero como no se comportó como se espera que haga una persona pobre, ni su apariencia se asemejaba al estereotipo de una persona pobre, no obtuvo la caridad que podría haber recibido si su aspecto hubiera sido otro, si hubiera actuado de manera distinta o nos hubiera mostrado un móvil de otro modelo o ninguno en absoluto. Ese es el problema de la caridad, que puede ser arbitraria, caprichosa y prejuiciosa.

La caridad es una virtud que nunca debemos dejar de ejercer ni de inculcar a nuestros hijos. Pero nunca es ni será suficiente para erradicar la pobreza, la desigualdad o las injusticias, ni puede ser sustituta de las políticas públicas, porque no se basa en derechos, sino en la voluntad de quien tiene de ayudar a quien no tiene.

Lo más seguro es que esa mujer y su bebé necesitaran de verdad una ayuda, porque el día a día, y también las Navidades, son muy distintos en cada familia. Y no me refiero a las tradiciones y particularidades de cada hogar, ni siquiera a la infelicidad de cada casa que, como diría Tolstoi, cada familia vive a su manera. Me refiero a las condiciones materiales de cada hogar, al diferente acceso a los recursos, a la falta de capacidades, que se retroalimentan y que multiplican exponencialmente las privaciones, sobre todo las de la infancia, provocando que desemboquen en una absoluta falta de oportunidades reales en la vida adulta. El lugar de nacimiento, los ingresos familiares, el género o el hecho de tener una discapacidad condicionan en gran medida el bienestar actual y los logros posteriores de esos niños y niñas en la vida adulta, que dependen asimismo de la coyuntura económica, las políticas públicas, la extensión de los estados de bienestar e incluso las normas sociales y las relaciones de género imperantes.

El patrimonio, la renta, el acceso a servicios básicos como la educación y la sanidad y a los recursos productivos son tremendamente desiguales entre familias, y esa desigualdad arroja a millones de personas a la pobreza y la exclusión social. Los datos son contundentes. En la Unión Europea, que no solo es una de las zonas de mayor renta del planeta, sino la que tiene los servicios sociales y los estados de bienestar más desarrollados, el 24,3% de los niños y niñas estaba, con datos de 2018, en riesgo de pobreza y exclusión social. Uno de cada cuatro vive en hogares que sufren falta de ingresos o de acceso a servicios básicos como comida, vivienda, educación o sanidad. Y once millones sufren de privación material. Normalmente, esas privaciones están interrelacionadas, ya que la pobreza, además de ser una medida vinculada con los ingresos monetarios, tiene un carácter multidimensional, como también lo tiene el bienestar, y debemos asociarla no solo a los resultados obtenidos por las personas, sino a sus capacidades reales, a la auténtica libertad que aquellas poseen para ser y hacer.

La pérdida de capacidades durante la infancia no siempre es recuperable en la vida adulta y condiciona la vida futura de las personas a lo largo de su ciclo vital
Pero la pobreza y las desigualdades no son ni inevitables, ni la responsabilidad individual de cada persona. 
Se necesitan políticas públicas adecuadas, que sean integrales y coherentes, en particular las que afectan directamente a la infancia.

Uno de los objetivos que se ha fijado la nueva Comisión Europea es el programa de Garantía Infantil, precisamente para abordar las alarmantes cifras de pobreza infantil en una sociedad tan opulenta como la nuestra. La presidenta Ursula Von der Leyden anunció que este programa servirá para asistir a cada niño o niña que esté necesitado. De esa manera, la Garantía Infantil Europea recoge el guante lanzado por el Parlamento Europeo con el fin de asegurar que cada niño y niña en riesgo de pobreza y exclusión social en Europa tenga acceso a los servicios más básicos, como la sanidad y la educación.
Se trata de una iniciativa política esbozada en la etapa anterior, como consecuencia de la puesta en marcha del Pilar Europeo de los Derechos Sociales en 2017. Pero es una iniciativa que lleva dos años de retraso respecto al plan previsto y que deberá ser desarrollada durante la actual legislatura. Para ello se prevé dotarla con 5,9 billones del Fondo Social Europeo Plus (FSE+), que se sumarán al compromiso de los estados miembros de asignar a esta Garantía Infantil el 5% de la cantidad que reciba cada uno de dicho fondo.
La orientación que se le quiere dar a este programa, inspirado en la defensa de los derechos de la infancia y diseñado de manera transversal e integral, es correcta
Se espera que las acciones presten especial atención a la cobertura de las necesidades básicas, el acceso a los servicios públicos y la consecución de condiciones estables para que los progenitores puedan ejercer una maternidad y una paternidad responsables, que sin duda deberían incluir la disposición de tiempo para estar con sus hijas e hijos. Ahora bien, independientemente del mayor o menor alcance de su presupuesto, este programa no tendrá la capacidad transformadora que se espera de él si no se emprenden otros cambios de mayor calado.

La cobertura de las necesidades básicas o el logro de condiciones estables para los progenitores pasan por la existencia de empleos suficientes y de calidad para todas las personas, con horarios decentes que permitan a los progenitores conciliar el empleo con la crianza y a los padres corresponsabilizarse en ese proceso. Pero la realidad es que cada vez aumenta más la desigualdad primaria, al ocupar los salarios un menor porcentaje del PIB; que la legislación laboral cada vez es más laxa y va al remolque de las nuevas formas de trabajo, que dejan a millones de trabajadores desprotegidos y en riesgo de pobreza; que la nueva revolución tecnológica amenaza con hacer redundantes cientos de miles de puestos de trabajo sin que la mayor parte de la población posea las cualificaciones que se requerirán para los nuevos empleos que se generen; y que la igualdad de género en los hogares y en los mercados está muy lejos de conseguirse, algo que no es independiente de la sobrerrepresentación de los hogares monomarentales entre los que están en riesgo de pobreza y exclusión.
Del mismo modo, es difícil garantizar el acceso en igualdad a servicios básicos como la sanidad, la educación y los vinculados a la dependencia, si no se mejora la capacidad redistributiva de los estados y el funcionamiento de los estados de bienestar, condicionados por la existencia de una financiación adecuada que, por supuesto, depende a su vez de una fiscalidad justa y progresiva, cada vez más lejos de nuestro alcance dados los desequilibrios de poder que sufrimos y el triunfo de relatos contrarios a la justicia fiscal. Los riesgos a los que nos enfrentamos a lo largo de nuestro ciclo vital están, cada vez más, en estrecha relación con la manera en que nos incorporamos y somos, o no, capaces de mantenernos en los mercados de trabajo, así como con el patrimonio que tengamos para hacer frente a las contingencias de la vida. Pero todos esos ámbitos están preñados de desigualdad y las políticas económicas y fiscales no solo no están corrigiéndola, sino que la están exacerbando.

La Garantía Infantil Europea que prevé poner en marcha la Comisión Europea es una buena iniciativa, pero si no se avanza igualmente en justicia fiscal y mayor participación ciudadana, algo que necesariamente pasa por un cambio en las políticas económicas y en las ideas que les sirven de base, que han de permitir tener empleos y vidas dignos a los sustentadores de las familias en las que crecen los niños y las niñas, solo conseguiremos poner parches, tan necesarios e insuficientes como la caridad. Necesitamos abordar los desequilibrios de poder y las desigualdades que no paran de crecer con otras políticas económicas y fiscales, que promuevan el bienestar para la mayoría y no la indecente concentración de la riqueza en muy pocas manos, de cuya voluble y prejuiciosa voluntad dependa, tal y como ocurre en Navidad, el alivio pasajero de quienes más dificultades sufren.

2019 Person of the Year, Greta Thunberg, TIME.

by Charlotte Alter, Suyin Haynes and Justin Worland,
Photographs by Evgenia Arbugaeva for TIME,

Greta Thunberg sits in silence in the cabin of the boat that will take her across the Atlantic Ocean. Inside, there’s a cow skull hanging on the wall, a faded globe, a child’s yellow raincoat. Outside, it’s a tempest: rain pelts the boat, ice coats the decks, and the sea batters the vessel that will take this slight girl, her father and a few companions from Virginia to Portugal. For a moment, it’s as if Thunberg were the eye of a hurricane, a pool of resolve at the center of swirling chaos. In here, she speaks quietly. Out there, the entire natural world seems to amplify her small voice, screaming along with her.


Greta Thunberg photographed on the shore
in Lisbon, Portugal December 4, 2019
Photograph by Evgenia Arbugaeva for TIME
“We can’t just continue living as if there was no tomorrow, because there is a tomorrow,” she says, tugging on the sleeve of her blue sweatshirt. “That is all we are saying.”

It’s a simple truth, delivered by a teenage girl in a fateful moment. The sailboat, La Vagabonde, will shepherd Thunberg to the Port of Lisbon, and from there she will travel to Madrid, where the United Nations is hosting this year’s climate conference. It is the last such summit before nations commit to new plans to meet a major deadline set by the Paris Agreement. Unless they agree on transformative action to reduce greenhouse gas emissions, the world’s temperature rise since the Industrial Revolution will hit the 1.5°C mark—an eventuality that scientists warn will expose some 350 million additional people to drought and push roughly 120 million people into extreme poverty by 2030. For every fraction of a degree that temperatures increase, these problems will worsen. This is not fearmongering; this is science. For decades, researchers and activists have struggled to get world leaders to take the climate threat seriously. But this year, an unlikely teenager somehow got the world’s attention.

Thunberg began a global movement by skipping school: starting in August 2018, she spent her days camped out in front of the Swedish Parliament, holding a sign painted in black letters on a white background that read Skolstrejk för klimatet: “School Strike for Climate.” In the 16 months since, she has addressed heads of state at the U.N., met with the Pope, sparred with the President of the United States and inspired 4 million people to join the global climate strike on September 20, 2019, in what was the largest climate demonstration in human history. Her image has been celebrated in murals and Halloween costumes, and her name has been attached to everything from bike shares to beetles. Margaret Atwood compared her to Joan of Arc. After noticing a hundredfold increase in its usage, lexicographers at Collins Dictionary named Thunberg’s pioneering idea, climate strike, the word of the year.

The politics of climate action are as entrenched and complex as the phenomenon itself, and Thunberg has no magic solution. But she has succeeded in creating a global attitudinal shift, transforming millions of vague, middle-of-the-night anxieties into a worldwide movement calling for urgent change. She has offered a moral clarion call to those who are willing to act, and hurled shame on those who are not. She has persuaded leaders, from mayors to Presidents, to make commitments where they had previously fumbled: after she spoke to Parliament and demonstrated with the British environmental group Extinction Rebellion, the U.K. passed a law requiring that the country eliminate its carbon footprint. She has focused the world’s attention on environmental injustices that young indigenous activists have been protesting for years. Because of her, hundreds of thousands of teenage “Gretas,” from Lebanon to Liberia, have skipped school to lead their peers in climate strikes around the world.

“This moment does feel different,” former Vice President Al Gore, who won the Nobel Peace Prize for his decades of climate advocacy work, tells TIME. “Throughout history, many great morally based movements have gained traction at the very moment when young people decided to make that movement their cause.”

Thunberg is 16 but looks 12. She usually wears her light brown hair pulled into two braids, parted in the middle. She has Asperger’s syndrome, which means she doesn’t operate on the same emotional register as many of the people she meets. She dislikes crowds; ignores small talk; and speaks in direct, uncomplicated sentences. She cannot be flattered or distracted. She is not impressed by other people’s celebrity, nor does she seem to have interest in her own growing fame. But these very qualities have helped make her a global sensation. Where others smile to cut the tension, Thunberg is withering. Where others speak the language of hope, Thunberg repeats the unassailable science: Oceans will rise. Cities will flood. Millions of people will suffer.

“I want you to panic,” she told the annual convention of CEOs and world leaders at the World Economic Forum in Davos, Switzerland, in January. “I want you to feel the fear I feel every day. And then I want you to act.”

Thunberg is not a leader of any political party or advocacy group. She is neither the first to sound the alarm about the climate crisis nor the most qualified to fix it. She is not a scientist or a politician. She has no access to traditional levers of influence: she’s not a billionaire or a princess, a pop star or even an adult. She is an ordinary teenage girl who, in summoning the courage to speak truth to power, became the icon of a generation. By clarifying an abstract danger with piercing outrage, Thunberg became the most compelling voice on the most important issue facing the planet.

Along the way, she emerged as a standard bearer in a generational battle, an avatar of youth activists across the globe fighting for everything from gun control to democratic representation. Her global climate strike is the largest and most international of all the youth movements, but it’s hardly the only one: teenagers in the U.S. are organizing against gun violence and flocking to progressive candidates; students in Hong Kong are battling for democratic representation; and young people from South America to Europe are agitating for remaking the global economy. Thunberg is not aligned with these disparate protests, but her insistent presence has come to represent the fury of youth worldwide. According to a December Amnesty International survey, young people in 22 countries identified climate change as the most important issue facing the world. She is a reminder that the people in charge now will not be in charge forever, and that the young people who are inheriting dysfunctional governments, broken economies and an increasingly unlivable planet know just how much the adults have failed them.

“She symbolizes the agony, the frustration, the desperation, the anger—at some level, the hope—of many young people who won’t even be of age to vote by the time their futures are doomed,” says Varshini Prakash, 26, who co-founded the Sunrise Movement, a U.S. youth advocacy group pushing for a Green New Deal.

Thunberg’s moment comes just as urgent scientific reality collides with global political uncertainty. Each year that we dump more carbon into the atmosphere, the planet grows nearer to a point of no return, where life on earth as we know it will change unalterably. Scientifically, the planet can’t afford another setback; politically, this may be our best chance to make sweeping change before it’s too late.

Next year will be decisive: the E.U. is planning to tax imports from countries that don’t tackle climate change; the global energy sector faces a financial reckoning; China will draft its development plans for the next five years; and the U.S. presidential election will determine whether the leader of the free world continues to ignore the science of climate change.

“When you are a leader and every week you have young people demonstrating with such a message, you cannot remain neutral,” French President Emmanuel Macron told TIME. “They helped me change.” Leaders respond to pressure, pressure is created by movements, movements are built by thousands of people changing their minds. And sometimes, the best way to change a mind is to see the world through the eyes of a child.

***

Thunberg is maybe 5 ft. tall, and she looks even smaller in her black oversize wet-weather gear. Late November is not the time of year to cross the Atlantic Ocean: the seas are rough, the winds are fierce, and the small boat—a leaky catamaran—spent weeks pounding and bucking over 23-ft. seas. At first, Thunberg got seasick. Once, a huge wave came over the boat, ripping a chair off the deck and snapping ropes. Another time, she was awakened by the sound of thunder cracking overhead, and the crew feared that lightning would strike the mast.

But Thunberg, in her quiet way, was unfazed. She spent most of the long afternoons in the cabin, listening to audiobooks and teaching her shipmates to play Yatzy. On calm days, she climbed on deck and looked across the vast colorless sea. Somewhere below the surface, millions of tons of plastic swirled. Thousands of miles to the north, the sea ice was melting.

Thunberg approaches the world’s problems with the weight of an elder, but she’s still a kid. She favors sweatpants and Velcro sneakers, and shares matching bracelets with her 14-year-old sister. She likes horses, and she misses her two dogs, Moses and Roxy, back in Stockholm. Her mother Malena Ernman is a leading Swedish opera singer. Her father Svante Thunberg is distantly related to Svante Arrhenius, a Nobel Prize–winning chemist who studied how carbon dioxide in the atmosphere increases the temperature on the earth’s surface.

More than a century after that science became known, Thunberg’s primary-school teacher showed a video of its effects: starving polar bears, extreme weather and flooding. The teacher explained that it was all happening because of climate change. Afterward the entire class felt glum, but the other kids were able to move on. Thunberg couldn’t. She began to feel extremely alone. She was 11 years old when she fell into a deep depression. For months, she stopped speaking almost entirely, and ate so little that she was nearly hospitalized; that period of malnutrition would later stunt her growth. Her parents took time off work to nurse her through what her father remembers as a period of “endless sadness,” and Thunberg herself recalls feeling confused. “I couldn’t understand how that could exist, that existential threat, and yet we didn’t prioritize it,” she says. “I was maybe in a bit of denial, like, ‘That can’t be happening, because if that were happening, then the politicians would be taking care of it.’”

At first, Thunberg’s father reassured her that everything would be O.K., but as he read more about the climate crisis, he found his own words rang hollow. “I realized that she was right and I was wrong, and I had been wrong all my life,” Svante told TIME in a quiet moment after arriving in Lisbon. In an effort to comfort their daughter, the family began changing their habits to reduce their emissions. They mostly stopped eating meat, installed solar panels, began growing their own vegetables and eventually gave up flying—a sacrifice for Thunberg’s mother, who performs throughout Europe. “We did all these things, basically, not really to save the climate, we didn’t care much about that initially,” says Svante. “We did it to make her happy and to get her back to life.” Slowly, Thunberg began to eat and talk again.

Thunberg’s Asperger’s diagnosis helped explain why she had such a powerful reaction to learning about the climate crisis. Because she doesn’t process information in the same way neurotypical people do, she could not compartmentalize the fact that her planet was in peril. “I see the world in black and white, and I don’t like compromising,” she told TIME during a school break earlier this year. “If I were like everyone else, I would have continued on and not seen this crisis.” She is in some ways grateful for her diagnosis; if her brain worked differently, she explained, “I wouldn’t be able to sit for hours and read things I’m interested in.” Thunberg’s focus and way of speaking betrays a maturity far beyond her years. When she passed classmates at her school, she remarked that “the children are being quite noisy,” as if she were not one of them.
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In May 2018, after Thunberg wrote an essay about climate change that was published in a Swedish newspaper, a handful of Scandinavian climate activists contacted her. Thunberg suggested they emulate the students from Marjory Stoneman Douglas High School in Parkland, Fla., who had recently organized school strikes to protest gun violence in the U.S. The other activists decided against the idea, but it lodged in Thunberg’s mind. She announced to her parents that she would go on strike to pressure the Swedish government to meet the goals of the Paris Agreement. Her school strike, she told them, would last until the Swedish elections in September 2018.

Thunberg’s parents were less than thrilled at first at the idea of their daughter missing so much class, and her teachers suggested she find a different way to protest. But Thunberg was immovable. She put together a flyer with facts about extinction rates and carbon budgets, and then sprinkled it with the cheeky sense of humor that has made her stubbornness go viral. “My name is Greta, I am in ninth grade, and I am school-striking for the climate,” she wrote on each flyer. “Since you adults don’t give a damn about my future, I won’t either.”

On Aug. 20, 2018, Thunberg arrived in front of the Swedish Parliament, wearing a blue hoodie and carrying her homemade school-strike sign. She had no institutional support, no formal backing and nobody to keep her company. But doing something—making a stand, even if she was by herself—felt better than doing nothing. “Learning about climate change triggered my depression in the first place,” she says. “But it was also what got me out of my depression, because there were things I could do to improve the situation. I don’t have time to be depressed anymore.” Her father said that after she began striking, it was as if she “came back to life.”

On the first day of her climate strike, Thunberg was alone. She sat slumped on the ground, seeming barely bigger than her backpack. It was an unusually chilly August day. She posted about her strike on social media, and a few journalists came by to talk to her, but most of the day she was on her own. She ate her packed lunch of bean pasta with salt, and at 3 o’clock in the afternoon, when she’d normally leave school, her father picked her up and they biked home.

On the second day, a stranger joined her. “That was a big step, from one to two,” she recalls. “This is not about me striking; this is now us striking from school.” A few days later, a handful more came. A Greenpeace activist brought vegan pad thai, which Thunberg tried for the first time. They were suddenly a group: one person refusing to accept the status quo had become two, then eight, then 40, then hundreds. Then thousands.

By early September, enough people had joined Thunberg’s climate strike in Stockholm that she announced she would continue every Friday until Sweden aligned with the Paris Agreement. The Fridays for Future movement was born. By the end of 2018, tens of thousands of students across Europe began skipping school on Fridays to protest their own leaders’ inaction. In January, 35,000 schoolchildren protested in Belgium following Thunberg’s example. The movement struck a chord. When a Belgian environmental minister insulted the strikers, a public outcry forced her to resign.

By September 2019, the climate strikes had spread beyond northern Europe. In New York City, 250,000 reportedly marched in Battery Park and outside City Hall. In London, 100,000 swarmed the streets near Westminster Abbey, in the shadow of Big Ben. In Germany, a total of 1.4 million people took to the streets, with thousands flooding the Brandenburg Gate in Berlin and marching in nearly 600 other cities and towns across the country. From Antarctica to Papua New Guinea, from Kabul to Johannesburg, an estimated 4 million people of all ages showed up to protest. Their signs told a story. In London: The World is Hotter than Young Leonardo DiCaprio. In Turkey: Every Disaster Movie Starts with a Scientist Being Ignored. In New York: The Dinosaurs Thought They Had Time, Too. Hundreds carried images of Thunberg or painted her quotes onto poster boards. Make the World Greta Again became a rallying cry.

Her moral clarity inspired other young people around the world. “I want to be like her,” says Rita Amorim, a 16-year-old student from Lisbon who waited for four hours in December to catch a glimpse of Thunberg.

In Udaipur, India, 17-year-old Vidit Baya started his climate strike with just six people in March; by September, it was 80 strong. In Brasilia, Brazil, 19-year-old Artemisa Xakriabá marched with other indigenous women as the Amazon was burning, then traveled to the U.N. climate summit in New York City. In Guilin, China, 16-year-old Howey Ou posted a picture of herself online in front of city government offices in a solo act of climate protest; she was taken to a police station and told her demonstration was illegal. In Moscow, 25-year-old Arshak Makichyan began a one-man picket for climate, risking arrest in a country where street protest is tightly restricted. In Haridwar, India, 11-year-old Ridhima Pandey joined 15 other kids, including Thunberg, in filing a complaint to the U.N. against Germany, France, Brazil, Argentina and Turkey, arguing that the nations’ failure to tackle the climate crisis amounted to a violation of child rights.

In New York City, 17-year-old Xiye Bastida, originally from an indigenous Otomi community in Mexico, led 600 of her peers in a climate walkout from her Manhattan high school. And in Kampala, Uganda, 22-year-old Hilda Nakabuye launched her own chapter of Fridays for Future after she realized that the strong rains and long droughts that hurt her family’s crops could be attributed to global warming. “Before I knew about climate change, I was already experiencing its effects in my life,” she says.

The activism of children has also motivated their parents. In São Paulo, Isabella Prata joined a group called Parents for Future to support child activists. Thunberg, she says, “is an image of all of this generation.”

It all happened so fast. Just over a year ago, a quiet and mostly friendless teenager woke up, put on her blue hoodie, and sat by herself for hours in an act of singular defiance. Fourteen months later, she had become the voice of millions, a symbol of a rising global rebellion.

***

On Dec. 3, La Vagabonde docked beneath a flight path to Portugal’s largest airport. Thunberg and her father stood on the deck, waving to the hundreds of people that had gathered on a cold, sunny day to welcome them back to Europe. Above their heads, planes droned, reminders of how easily Thunberg could have crossed the ocean by air, and of the cost of that convenience: the roughly 124,000 flights that take off every day spill millions of tons of greenhouse gases into the atmosphere. “I’m not traveling like this because I want everyone to do so,” Thunberg told reporters after she walked, a little wobbly at first, onto dry land for the first time in weeks. “I’m doing this to send a message that it is impossible to live sustainably today, and that needs to change.”

Taking her place in front of a bank of television cameras and reporters, she went on. “People are underestimating the force of angry kids,” she said. “We are angry and frustrated, and that is because of good reason. If they want us to stop being angry then maybe they should stop making us angry.” When she was done speaking, the crowd erupted in cheers.

Her speeches often go straight to the gut. “You say you love your children above all else,” she said in her first big address at the U.N. Climate Change Conference in Poland last December. “And yet you are stealing their future in front of their very eyes.” The address went viral almost immediately. Over the course of the past year, she has given dozens of similar admonitions—to chief executives and heads of state, to thought leaders and movie stars. Each time, Thunberg speaks quietly but forcefully, articulating the palpable sense of injustice that often seems obvious to the very young: adults, by refusing to act in the face of extraordinary crisis, are being foolish at best, and corrupt at worst. To those who share her fear, Thunberg’s blunt honesty is cathartic. To those who don’t, it feels threatening. She refuses to use the language of hope; her sharpest weapon is shame.

In September, speaking to heads of state during the U.N. General Assembly, Thunberg pulled no punches: “We are in the beginning of a mass extinction, and all you can talk about is money and fairy tales of eternal economic growth,” she said. “How dare you.”

Mary Robinson, the former President of Ireland who served as the U.N. climate envoy ahead of the Paris climate talks, spent years arguing that climate change would destroy small island nations and indigenous communities. The message often fell on deaf ears. “People would just sort of say, ‘Ah yeah, but that’s not me,’” she tells TIME. “Having children say, ‘We have no future’ is far more effective. When children say something like that, adults feel very bad.”

Cutting through the noise has earned Thunberg plenty of detractors. Some indigenous activists and organizers of color ask why a white European girl is being celebrated when they have been working on these same issues for decades. Thunberg herself sometimes appears frustrated at the media attention placed on her, and often goes out of her way to highlight other activists, especially indigenous ones. At a press conference in Madrid just before the mass march, she implores journalists to ask questions “not just to me,” but to the other Fridays for Future organizers on stage with her. “What do you think?” she asks the others, in an effort to broaden the conversation.

Some traditional environmental groups have also complained that the radical success of a teenage girl playing hooky has overshadowed their less flashy efforts to write and pass meaningful legislation. “They want the needle moved too,” says Rachel Kyte, dean of the Fletcher School at Tufts University and a veteran climate leader. “They would just want to be the ones that get the credit for moving it.” On the record, no major environmental group would say anything remotely negative.

Some of her opponents have attacked her personally. Online trolls have made fun of her appearance and speech patterns. In Rome, someone hung her in effigy off a bridge under a sign reading Greta is your God. In Alberta, the heart of Canada’s oil-drilling region, police had to step in to protect her after she and her father were followed by men yelling, “This is oil country.” Maxime Bernier, leader of the far-right People’s Party of Canada, tweeted that Thunberg is “clearly mentally unstable.” (He later walked back his criticism, calling her only a “pawn.”) Russian President Vladimir Putin dismissed Thunberg entirely: “I don’t share the common excitement,” he said on a panel in October. President Donald Trump mocked her sarcastically on Twitter as “a very happy young girl looking forward to a bright and wonderful future.” After she tweeted about the killings of indigenous people in Brazil, the country’s President Jair Bolsonaro called her an insulting word that roughly translated to “little brat.” Thunberg has taken those criticisms in stride: she has co-opted both Trump and Bolsonaro’s ridicule for her Twitter bio.

It’s not always easy. No one, and perhaps particularly a teenage girl, would like to have their looks and mannerisms mocked online. But for Thunberg, it’s a daily reality. “I have to think carefully about everything I do, everything I say, what I’m wearing even, what I’m eating—everything!” she tells TIME during a train ride to Hamburg, Germany, last spring. “Everything I say will reach other people, so I need to think two steps ahead.” Sitting next to her father, she scrolls past hateful comments—the head of a Swedish sportswear chain appeared to be mocking her Asperger’s—then shrugs them off. So many people have made death threats against her family that she is now often protected by police when she travels. But for the most part, she sees the global backlash as evidence that the climate strikers have hit a nerve. “I think that it’s a good sign actually,” she says. “Because that shows we are actually making a difference and they see us as a threat.”

***

It’s hard to quantify the so-called Greta effect partly because it’s mostly been manifest in promises and goals. But commitments count as progress when the climate conversation has been stuck in stasis for so long. In the U.S., Democrats have long given lip service to addressing global warming even as they prioritized other issues, while many Republicans have simply denied the science altogether. In countries now establishing a middle class, like China and India, leaders argue they should be allowed to burn fossil fuels because that’s how their richer counterparts got ahead.

Those debates end up papering over what is an urgent challenge by nearly every measure. Keeping global temperature rise to 1.5°C would require elected officials to act both immediately and dramatically. In the developed world, a rapid transition away from fossil fuels could sharply raise gas and heating prices and disrupt industries that employ millions of people. In the global south, reducing emissions means rethinking key elements of how countries build their economies. Emissions would have to drop 7.6% on average every year for the next decade—a feat that, while scientifically possible, would require revolutionary changes.

But the needle is moving. Fortune 500 companies, facing major pressure to reduce their emissions, are realizing that sustainability makes for good PR. In June, the airline KLM launched a “Fly Responsibly” campaign, which encouraged customers to consider abstaining from non-essential air travel. In July, the head of OPEC, the cartel that controls much of the world’s oil production, called climate strikers the “greatest threat” to his industry, according to the AFP. In September, workers at Amazon, Facebook and other major companies walked out during the climate strikes. And in November, the president of Emirates airline told the BBC that the climate strikers helped him realize “we are not doing enough.” In December, Klaus Schwab, the founder and CEO of the World Economic Forum, published a manifesto calling on global business leaders to embrace a more responsible form of capitalism that, among other things, forces companies to act “as a steward of the environmental and material universe for future generations.”

Hans Vestberg, the CEO of the telecom giant Verizon, says that companies are feeling squeezed about climate from all sides. “It’s growing from all the stakeholders,” he says. “Our employees think about it much more, our customers are talking much more about it, and society is expecting us to show up.”

Governments are making promises too. In the past year, more than 60 countries said they would eliminate their carbon footprints by 2050. Voters in Germany, Denmark, the Netherlands, Austria and Sweden—especially young people—now list climate change as their top priority. In May, green parties gained seats in the European Parliament from Germany, Austria, the Netherlands and more. Those victories helped push the new European Commission president to promise “a Green Deal” for Europe. In the U.S., a recent Washington Post poll found that more than three-quarters of Americans now consider climate change a “crisis” or a “major problem.” Even Republican lawmakers who have long denied or dismissed climate science are taking note. In an interview with the Washington Examiner, Republican House minority leader Kevin McCarthy acknowledged that his party “should be a little bit nervous” about changing attitudes on climate.

At the individual level, ordinary people are following Thunberg’s example. In Sweden, flying is increasingly seen as a wasteful emission of carbon—a change of attitude captured by a new word: flygskam, meaning “flight-shame.” There was an 8% drop in domestic flights between January and April according to Swedavia, which runs the nation’s airports, and Interrail ticket sales have tripled over the past two years. More than 19,000 people have signed a pledge swearing off air travel in 2020, and the German railway operator Deutsche Bahn reported a record number of passengers using its long-distance rail in the first six months of 2019. Swiss and Austrian railway operators also saw upticks on their night train services this year.

The Greta effect may be growing, but Thunberg herself remains unmoved. “One person stops flying doesn’t make much difference,” she says. “The thing we should look at is the emissions curve—it’s still rising. Of course something is happening, but basically nothing is happening.”

***

Last spring, before she became a global icon, Thunberg enjoyed a semblance of calm and privacy. Now it’s bedlam wherever she goes. On the night train from Lisbon, she hides in the on-board kitchen to escape the lenses of dozens of cameras; when she is finally able to sneak into her cabin, she uses the moment of peace to write in her journal. When her train arrives in Madrid the next morning, the platform is again packed cheek-to-jowl with television cameras and reporters. Before stepping off the train and facing the pack, she wonders out loud how she can navigate the chaos. Even after she makes it inside the U.N. climate summit, she’s swarmed. Photographers jostle through throngs of teenagers in green face paint chanting “Gre-TA, Gre-TA!” while others erupt in a spirited call-and-response: “What do we want? Climate justice! When do we want it? Now!”

A few yards away from the commotion, in one of the official conference spaces, a speaker stands in front of a handful of other adults and chuckled. Behind her, a screen shows a Power-Point presentation: “How do we empower young people in climate activism?”

Thunberg’s lonely strike outside Sweden’s Parliament coincided with a surge of mass youth protests that have erupted around the world—all in different places, with different impacts, but fueled by a changing social climate and shifting economic pressures. In Hong Kong, young activists concerned by Beijing’s tightening grip on the territory sparked a furious pro-democracy movement that has been going strong since June. In Iraq and Lebanon, young people dominate sweeping demonstrations against corruption, foreign interference and sectarian governance. The Madrid climate summit was moved from Chile because of huge protests over economic inequality that were kicked off by high school students. And in the U.S., young organizers opposed the Trump Administration on everything from immigration to health care and helped elect a new wave of equally young lawmakers.

The common thread is outrage over a central injustice: young people know they are inheriting a world that will not work nearly as well as it did for the aging adults who have been running it. “It’s so important to realize that we are challenging the systems we are in, and that is being led by young people,” says Beth Irving, 17, who came from Wales to demonstrate for sweeping changes on climate policy outside the U.N. summit. Thunberg is not aligned with any of these non-climate youth movements, but her abrupt rise to prominence comes at a moment when young people across the globe are awakening to anger at being cut a raw deal.

The existential issue of climate puts everyone at risk, but the younger you are, the greater the stakes. The scale of addressing climate change—the systemic transformation of economic, social and political systems—-animates young progressives already keen to remake the world. Karin Watson, 22, who came to the climate summit as part of a delegation from Amnesty International Chile, describes a tumultuous, interconnected and youth-led “social explosion” worldwide. She cannot disentangle her own advocacy for higher wages from women’s rights and climate: “This social crisis is also an ecological crisis—it’s related,” she says. “In the end, it’s intersectional: the most vulnerable communities are the most vulnerable to climate change.”

In the U.S., Jaclyn Corin, 19, one of the original organizers of the March for Our Lives anti-gun violence movement, framed the challenges at stake. “We can’t let these problems continue on for future generations to take care of,” she says. “Adults didn’t take care of these problems, so we have to take care of them, and not be like older generations in their complacency.”

These disparate youth movements are beginning to see some wins. In Hong Kong, after months of sometimes-violent protests by young people resisting Beijing’s authoritarian rule, the pro-democracy parties won major victories in the local elections in November. In the U.K., young people are poised to become one of the most decisive voting blocs, and political battle lines are drawn by age as well as class. One poll shows that more than half of British voters say the climate crisis will influence their votes in the coming elections; among younger voters, it’s three-quarters. In Switzerland, the two environmentalist parties saw their best results ever in the elections in October, and much of that support came from young people who were voting for the first time. In the U.S., the Sunrise activists have helped make climate change a central campaign issue in the 2020 presidential election. In September, the top 10 candidates for the Democratic nomination participated in a first-of-its-kind prime-time town hall on the issue.

“Young people tend to have a fantastic impact in public opinion around the world,” U.N. Secretary-General António Guterres told TIME. “Governments follow.”

On Dec. 6, the tens of thousands of people flooding into Madrid to demonstrate for climate action pour off trains and buses and sweep in great waves through the heart of the city. Above their heads, the wind carries furious messages—Merry Crisis and a Happy New Fear; You Will Die of Old Age, I Will Die of Climate Change—and the thrum of chants and drumming rise like thunder through the streets. A group of young women and teenage girls from Spain’s chapter of Fridays for Future escort Thunberg slowly from a nearby press conference to the march, linking their arms to create a human shield. Once again, Thunberg was the calm in the eye of a hurricane: buffeted and lifted by the surging crowd, cacophonous and furious but also strangely joyful.

It takes them an hour just to reach the main demonstration. When Thunberg finally approaches the stage, she climbs in her Velcro shoes to a microphone and begins to speak. The drums fall silent, and thousands lean in to listen. “The change is going to come from the people demanding action,” she says, “and that is us.” From where she stands, she can see in every direction. The view is of a vast sea of young people from nations all over the world, the great force of them surging and cresting, ready to rise.

La vivienda en la vejez : problemas y estrategias para envejecer en sociedad

La vivienda es un componente fundamental en la calidad de vida de las personas mayores 
el principal instrumento para permitir el envejecimiento integrado en sociedad.

Irene Lebrusán Murillo*,

ISBN: 978-84-00-10546-4,
Colección:Politeya: estudios de política y sociedad, Nº36,
Ed. Consejo Superior de Investigaciones Científicas.

La vivienda en la vejez : problemas y estrategias para envejecer en sociedad


Resumen
La vivienda es un componente fundamental en la calidad de vida de las personas mayores y el principal instrumento para permitir el envejecimiento integrado en sociedad. El envejecimiento en la vivienda ofrece continuidad respecto al ciclo vital, construyendo así una concepción en positivo de la vejez, de modo que permite su vivencia como etapa de continuidad y no como ruptura. No obstante, este proceso integrador de la vejez a través de la vivienda quedará condicionado por las características residenciales. Esta investigación ahonda en la importancia del proceso de envejecer en la vivienda desde la dimensión del actor, analizando la vulnerabilidad residencial y su distribución entre los mayores, así como las estrategias llevadas a cabo para continuar la autonomía residencial.
Mediante la aplicación de un indicador multidimensional se desvela una situación de fuerte desigualdad en España, con un número elevado de personas que registran problemas graves de habitabilidad en el interior de sus viviendas. Esta vulnerabilidad dificulta su permanencia y participación en la sociedad, apuntando además a un mal funcionamiento del sistema redistributivo y residencial. El análisis de caso sobre las respuestas ante estas situaciones señala que los hogares mayores llevan a cabo estrategias caracterizadas por una escasa eficacia en un contexto de recorte de recursos públicos y cambio de la dirección de la solidaridad familiar, dando lugar a la pervivencia de desigualdades. Estas situaciones de exclusión contrastadas no se presentan como producto de la vejez, sino como la culminación de trayectorias residenciales caracterizadas por la desigualdad. Puede afirmarse, por todo ello, que el sistema de bienestar no está dando respuesta a las necesidades residenciales no cubiertas en la vejez, siendo un impedimento para su integración social.

Sumario
Introducción
.- Metodología

-PARTE I. MARCO TEÓRICO-CONCEPTUAL
.- Capítulo 1. Hacia una definición inclusiva de vejez
.- Capítulo 2. El enfoque de la sociología de la vivienda
.- Capítulo 3. La importancia de la vivienda en la vejez

-PARTE II. LA CONFORMACIÓN HISTÓRICA DE UNA DESIGUALDAD: EL CONTEXTO HISTÓRICO-POLÍTICO EXPERIMENTADO POR LAS GENERACIONES QUE HOY TIENEN MÁS DE 65 AÑOS
.- Capítulo 4. La protección social y la definición de la vejez como esfera protegible
.- Capítulo 5. La génesis de un sistema de desigualdad en torno a la vivienda.-
PARTE III. RESULTADOS DE LA INVESTIGACIÓN
.- Capítulo 6. Condiciones residenciales en la vejez
.- Capítulo 7. La experiencia de envejecer en el hogar: necesidades y estrategias (estudio de caso: Madrid)
.-Capítulo 8. Conclusiones y propuestas

.- Anexo metodológico
.- Referencias bibliográficas.

Autoría
*Irene Lebrusán Murillo
Irene Lebrusán Murillo es doctora en Sociología por la Universidad Complutense de Madrid. Su tesis doctoral fue galardonada con el Premio de Investigación en Economía Urbana 2017 del Ayuntamiento de Madrid. En la actualidad es investigadora posdoctoral en la Universidad de Harvard (Distinguished RCC postdoctoral at Harvard). Se centra especialmente en la vivienda y la desigualdad desde una perspectiva comparada internacional. Desde 2009 ha sido investigadora en proyectos tanto nacionales como internacionales sobre diferentes temas relacionados con la ciudad, la desigualdad y las políticas públicas, destacando especialmente la atención a la vejez, la infancia y las mujeres inmigrantes. Ha publicado sobre estos temas en diferentes libros y revistas especializadas. Ha sido, asimismo, investigadora visitante en el Centre for Innovative Ageing de la Universidad de Swansea (2014) y colabora con prestigiosos grupos de investigación en España, Estados Unidos, Reino Unido, Finlandia y Uruguay. Tiene experiencia docente en cursos de grado y posgrado en diferentes universidades (Universidad Complutense de Madrid, Universidad Carlos III de Madrid, University of Syracuse, Universidad Autónoma de Madrid, Universidad Politécnica de Madrid), así como en entorno no académico. De sus investigaciones se han hecho eco diferentes medios de comunicación locales y nacionales. Miembro de la Asociación GSIA.

Niños 'youtubers' en España, ¿trabajo o diversión?

La industria juguetera ha encontrado un filón en los niños youtubers:
 trabajan muchas horas a cambio de recibir una contraprestación sin regulación legal.


Laura Gutiérrez,

Menores de 13 años que se han convertido en estrellas de las pantallas infantiles en internet y que integran en sus vídeos centenares de juguetes facilitados por las empresas del sector. 

Así lo constata el estudio que ha puesto en marcha un grupo de investigadores españoles, liderado por Esther Martínez Pastor, profesora de Comunicación de la Universidad Rey Juan Carlos (URJC), y que lleva por título: "El negocio de los canales de los niños youtubers" (proyecto auspiciado por la Fundación BBVA).

La profesora Esther Martínez Pastor y otras publicaron un Estudio de los actores y factores presentes en la representación de la familia en la publicidad del juguete, en la revista Prisma Social nº1, 2016, muy recomendable.

Este equipo ha analizado 450 videos de niños con menos de trece años a través de una muestra representativa de canales de España, Estados Unidos y Reino Unido donde los menores utilizan como producto principal un juguete.

Los niños son precoces estrellas mediáticas que muestran las últimas novedades en juguetes: abren grandes paquetes, proponer retos virales o recorren centros comerciales. Y España, según este estudio, tiene cantera, es puntera en niños youtubers. "En el caso de nuestro país, por ejemplo, las Ratitas Pandilleras están en el ranking a nivel mundial de los youtubers más vistos , principalmente porque llegan al mercado de América Latina", explica a la SER la profesora Esther Martínez.

Estar en ese ranking lleva su tiempo. Según los investigadores de este estudio, estos niños pueden llegar a ocupar su día a día con esto como si se tratara de una jornada laboral. "Son videos guionizados y suponen muchas horas a la semana. Hay niños que graban tres video semanales y otros incluso más, con el trabajo que eso supone porque hay que preparar los diálogos, siempre hay tomas falsas e, incluso, hay veces en las que no graban en casa sino que van unas cinco o seis horas semanales a una agencia para hacer las grabaciones", asegura Martínez. Ahí viene uno de los principales problemas que se recogen en esta investigación ya que la única ley que regula esto es la ley del espectáculo "que es bastante antigua y no se ajusta a la realidad que hoy tenemos", precisa esta profesora.

Los managers, según el estudio, suelen ser los propios padres, pero cada vez hay más agencias de publicidad que hacen las veces de intermediarios con las empresas jugueteras. También ocurre al revés: la agencia es la que atiende las necesidades de los jugueteros y busca al niño o niña youtuber que más se adapte a su petición. Y todo tiene un precio. 
La profesora Esther Martínez recuerda que según la ley "todo lo que el niño genere tiene que ir a una cuenta para cuando sea mayor de edad". Sin embargo, la mayoría de marcas regalan juguetes "a los niños que están mejor posicionados para que de manera espontánea salgan en sus videos". Una contraprestación que "claramente tiene un fin promocional que se debería indicar". No siempre se hace. Según Martínez Pardo, "no se indica muy bien si es publicidad o no lo es", aunque,"de un tiempo a esta parte se ve una evolución desde este punto de vista en el sentido de que cada vez se identifica más claramente que se trata de una promoción publicitaria".

El estudio en España se basa en el análisis de los cinco canales de niños youtubers mejor posicionados ahora mismo en cuanto al número de visualizaciones: Las Ratitas Pandilleras, Mikeltube, Jugando con Aby, Los juguetes de Arantxa y The Crazy Haacks. Algunos de sus videos llegan a superar los 180 millones de reproducciones en youtube. 
El estudio pone de manifiesto la falta de análisis sobre este fenómeno. "Las familias dejan a sus hijos el móvil o la tablet pero no son realmente conscientes de cómo se ha introducido la publicidad", explica Martínez, "esto va tan rápido que los padres se van actualizando al mismo tiempo casi que los niños". En España, los videos que más gustan son aquellos en los que los protagonistas interactúan con su familia o realizan deportes fuera de casa. En el caso de Estados Unidos, los videos más vistos son los "unboxing", aquellos donde los pequeños se dedican a abrir juguetes empaquetados.

En los videos analizados por los investigadores de este informe, los juegos y juguetes tradicionales son los más que se exhiben por los pequeños influencers. En más del 21% de las grabaciones, se promocionan muñecas. Le siguen, con un 11,24%, los juguetes relacionados con el deporte y los juegos de competición como balones, raquetas o peonzas. Los juegos de mesa aparecen en un 9,3% de los videos, juegos de manualidades en un 6,2%, juguetes electrónicos en el 5,8% mientras que aquellos de juegos simbólico en un 5,43%.

Según datos de la Confederación Española de Asociación de Padres de Alumnos (CEAPA), en España existen unos 1.300 canales de youtube dirigidos al público infantil que generan 5,6 billones de reproducciones al mes. Desde esta organización recuerda el papel clave que deben jugar las familias aunque aseguran que "prohibir no es la solución". CEAPA recomienda adaptarse a las nuevas tecnologías, el uso responsable de las mismas, la educación en ese uso y buscar siempre no convertirse en esclavos de estos medios digitales.

«Queremos que los niños no sufran y eso, paradójicamente, les hace débiles».

Entrevista a Pepa Horno*.

¿Dónde están los límites y dónde hay ponerlos? 
He ahí la cuestión.
Ignacio Martín,
Fuente La contra:

Pepa Horno. - JAVIER BELVER
Pepa Horno. - JAVIER BELVER
Consultora en infancia, afectividad y protección, esta prestigiosa psicóloga se pasó ayer por Zaragoza para abordar los modos de construir vínculos sanos entre padres e hijos.

Lo hizo en un taller organizado por la Fundación Genes y Gentes en el centro Joaquín Roncal, que rebosó. ¿Dónde están los límites y dónde hay ponerlos? He ahí la cuestión.

—Se habla con ligereza de la importancia de construir vínculos con los niños, pero no es tan fácil lograrlos. ¿Cómo se alcanzan?
—La idea es crear un espacio de consciencia, un espacio donde las familias puedan sentarse, pararse y ser conscientes de todas esas cosas que hacemos sin darnos cuenta. El vínculo se genera a través de la vivencia. Cuando eres niño te levantas por la mañana y te encuentras el desayuno, la ropa preparada... Son cosas que das por hechas. Solo cuando eres padre te das cuenta de la cantidad de cosas que hay que hacer para que todo eso pase. Y es que el vínculo no se genera en la cabeza. Los niños no saben que les queremos, ellos se sienten queridos. Y se sienten queridos porque los cuidamos. El problema es que cuando vives una vida en la que no dispones de tiempo, toda esa vivencia sale dañada o incluso desaparece.

—¿No ve complicado entonces generar un vínculo?
—No. Aunque primero hay que expresar el afecto y no darlo por supuesto. Decirles a los niños que les queremos, abrazarlos, besarlos... Hasta ser pesados. En segundo lugar hay que pasar tiempo con ellos, encontrarlo. Por último, poner consciencia en los pequeños detalles, esas pequeñas cosas que dejamos ir por la vida acelerada que llevamos.

—¿Hay alguna estrategia que sirva como punto de partida?
—El punto de partida es el afecto. Pero hay que expresarlo para que se sienta. Los padres quieren a sus hijos, claro, pero tienen que demostrárselo, convertir ese afecto en evidencia, ya sea llamándolos cuando tienen un examen, yendo con ellos al cine, jugando, pintando... No hay que dar nada por hecho, sino expresarlo de forma cotidiana.

—¿Los padres de hoy en día están bien o mal preparados para educar a sus hijos?
—Las familias ahora son mucho más conscientes de la importancia de su rol y de lo que quieren para sus hijos. Pero al mismo tiempo han perdido algunas de las condiciones básicas para la crianza, como la red. Me refiero a que antes se criaba en comunidad, en una familia extensa, en el pueblo, en la calle... Los niños eran criados por mucha gente, hoy en día solo se cría en la familia nuclear. Además, tenemos la falta de tiempo y el nivel de exigencia en el que nos movemos. Eso hace que muchas veces perdamos la perspectiva. Hoy en día somos más conscientes de todo, pero eso también genera en ocasiones en algunas personas la sensación de culpa al darse cuenta de que no llegan. No es no quieran, es que no llegan.

—Se habla también de poner los límites a los niños. Pero cada uno tenemos los nuestros incluso dentro de una familia.
—No si se habla de límites de protección, de cuando un niño grita o pega. Hay límites que no se pueden cruzar, tampoco los padres. No se le puede decir a un hijo, por ejemplo: «Me avergüenzo de ti, te voy a dejar de querer si haces esto o cualquier día te mando a vivir con la abuela». Son frases que se dicen desde la desesperación, pero con una facilidad muy grande. Pero el vínculo no se puede cuestionar, y mucho menos hay que amenazar con abandonar.

—¿Y los límites educativos?
—Esos sí varían, en función de cada situación o de cada niño.

—¿Qué le parece aquello de una buena bofetada a tiempo...?
—Todavía hay personas que lo justifican, que creen que eliminar el castigo físico es dejar a los niños hacer lo que quieren, pero no tiene nada que ver. La gente justifica el castigo físico porque justifica a su familia, su propia historia.

—¿Viene a ser eso de ‘a mí me pegaban y mira qué bien he salido?
—Exactamente. Y más... «Esto es un gesto de amor». Las cosas están cambiando, pero hay gente que aún no entiende que esto es una cuestión de derechos humanos. Si a ti no te pega nadie como adulto por hacer mal tu trabajo, por ejemplo, por qué debe admitir eso en un niño.

—¿Por qué se repite entonces?
—Porque cuando uno educa recurre a los patrones que tiene, a los que conoce, que son mayoritariamente por los que ha sido educado. Es común escuchar: «Yo no haré con mis hijos lo que mis padres hicieron conmigo». Pero luego se encuentran soltando la misma frase que su madre le decía y de la misma manera. Es decir, ha recurrido a los referentes que tenía. No se trata de no imponer normas o límites, que todo eso hay que hacerlo. De lo que hablo es de no cruzar el límite de la violencia: de no insultar, de no pegar, de no humillar.

—¿También hay demasiada sobreprotección?
—Los mayores problemas tienen que ver con el miedo. 'No salgas no vaya a ser que..., no vayas a tal sitio, ten cuidado, ten cuidado, ten cuidado...' Les sujetamos tanto que les impedimos la experiencia del fracaso, del dolor. Y son experiencias esenciales para educarse y constituirse como persona.

—¿Qué hacemos?
—Hay gente que, cuando se muere el hámster, compra otro mientras el niño está en el cole y lo mete en la jaula. Pero esa experiencia de la muerte es parte de la vida y los niños deben vivirla naturalmente poco a poco.

—¿Exceso de miedo entonces?
—Claro. Aparte de que nos pasamos la vida diciéndoles a los niños lo mal que está todo. Desde los medios de comunicación, sin ir más lejos, se transmite el mundo como un lugar temible. Los niños se quedan paralizados por ese exceso de miedo.

—A los adultos también nos obligan a ser felices.
—A los padres nos sale querer meter en una burbuja a nuestros hijos. Querríamos que no les pasara nada, que nunca sufrieran, pero eso, paradójicamente, les hace débiles. Hay que enseñarles la vida poco a poco tal y como es, aunque siempre sostenidos por nosotros, sabiendo que cuando se caigan tendrá un abrazo detrás. Que sepan que siempre tendrán alguien detrás.

—¿Hasta dónde llegamos para que no sufran?
—Incluso hemos pasado a celebrar cumpleaños a la totalidad. Hay que invitar a todos los niños de clase al cumpleaños, ¡no vaya a ser que alguien viva la experiencia de no ser invitado! Pero los niños deben aprender que pueden invitar o no, que pueden ser invitados o no... Y que eso no les hace mejores o peores.

—¿Qué valor tiene una risa?
—La fortaleza emocional se consigue cultivando el lado positivo de la vida. Hay que hacer que los niños se rían. Yo suelo aconsejar que si un día no has oído reír a tu hijo, que le hagas cosquillas antes de dormir. La risa alimenta la serotonina, que es uno de los neurotransmisores esenciales en el desarrollo del ser humano. Hacer fuerte a alguien pasa por cultivar su parte positiva. Por otro lado hay que sostenerle en el dolor. Ambas cosas forman parte de la vida. Una cosa es la alegría y otra la felicidad, que es una utopía. Pero la alegría es real, se vive cada día y puedes cultivarla. Aunque, claro, volvemos al principio: hay que estar presente en su vida.

Mediadores de un nuevo relato para Chile.


Lola Larra.

La mayoría de lo estudiantes chilenos con los que hemos conversado en estos años y que ahora son los protagonistas del estallido social en Chile, recuerdan poco de la revolución de los secundarios del 2006. Tal vez un tío, un hermano mayor, o su propia profesora, les haya contado lo que sucedió hace trece años, cuando ellos apenas tenían 3 o 4. Sin embargo, fueron ellos los que este octubre saltaron el torniquete del metro, reclamaron la subida de 30 pesos del pasaje y dinamitaron la normalidad y la percepción que se tenía de este país aparentemente incólume, isleño, a salvo, ejemplo de laboratorio del triunfo del neoliberalismo en Latinoamérica.

Hay una figura que en los últimos tiempos se ha hecho muy popular en el ámbito del fomento lector: la del ‘mediador de lectura’. Una persona que construye condiciones favorables para la apropiación y la participación en el mundo de lo escrito, de personas que no han tenido la posibilidad de disfrutar de esas condiciones (es una definición del profesor Felipe Munita). Se podría pensar que la lectura, ese acto solitario, silencioso, individual, no necesita de estos intermediarios. Sin embargo, en la práctica funciona. Las experiencias de lectura en colegios y bibliotecas son muy distintas desde un grado cero de la mediación o si en cambio, existe un bibliotecario, un maestro, un mediador, que, desde su propia relación personal con los libros, ofrece herramientas para superar los escollos de una educación deficiente y fallida que nos ha alejado de la lectura.

Gracias a una novelal ilustrada Al sur de la Alameda sobre ‘la revolución de los pingüinos’ publicada en 2014, el ilustrador Vicente Reinamontes y yo hemos visitado desde entonces colegios, urbanos y rurales, en muchos lugares de Chile y en otros países. En estas reuniones con estudiantes (que han funcionado siempre que ha habido un buen mediador) solemos hacer un taller que intenta recuperar el valor literario, gráfico y comunicacional de las consignas políticas. Los estudiantes trabajan sobre algún problema que aqueja a su comunidad, a su país o al planeta; lo resumen en un eslogan y lo dibujan en una pancarta. En estos años, y en lugares muy distintos, los temas que han preocupado y que preocupan a los estudiantes se repiten una y otra vez: el malestar por el estado de la educación, la desigualdad, el bullying, la discriminación, el maltrato animal. Desde hace un par de años irrumpió la crisis climática con mucha fuerza, y más recientemente también la inmigración y el feminismo. 

En estos encuentros aprovechamos para conversar sobre las manifestaciones y tomas del 2006 y el 2011 ocurridas en Chile, pero también sobre la historia de los movimientos estudiantiles pasados y recientes alrededor del mundo. Y sobre cómo la mayoría de ellos ha comenzado como una respuesta rápida a una injusticia puntual que dispara la indignación. Lo que enciende la llama de las protestas no suelen ser grandes ideas ni conceptos abstractos sino la legítima defensa hacia una medida concreta que nos vulnera. A partir de allí, a veces surge una reflexión más profunda y también demandas en torno a problemas estructurales más complejos, globales, sistémicos. 

Mayo del 68 partió porque los estudiantes de París Nanterre pedían que se flexibilizaran las normas de su universidad; y solo cuando el movimiento creció, la protesta se volcó hacia reivindicaciones sociales, culturales y políticas de mayor calado: contra el capitalismo, contra la represión sexual, contra la sociedad de consumo, contra el colonialismo. En los primeros días de protestas que en China desembocaron en la matanza de la Plaza de Tiananmén, en 1989, los estudiantes solo pedían mejoras de las condiciones en los comedores y en las residencias. Luego pasaron a exigir reformas políticas sustanciales, como la apertura del régimen, libertad de expresión y democracia. Los pingüinos del 2006 en Chile reclamaban al principio un bono de transporte, becas alimenticias y la gratuidad en la PCU. Tras semanas de movilizaciones, exigieron una educación gratuita y de calidad para todos, y la derogación de una ley heredada de la dictadura. De lo pequeño a lo global. De lo contingente a lo estructural. 

La mayoría de lo estudiantes chilenos con los que hemos conversado en estos años y que ahora son los protagonistas del estallido social en Chile, recuerdan poco de la revolución de los secundarios del 2006. Tal vez un tío, un hermano mayor o su propia profesora, les haya contado lo que sucedió hace trece años, cuando ellos apenas tenían 3 o 4. Sin embargo, fueron ellos los que este octubre saltaron el torniquete del metro, reclamaron la subida de 30 pesos del pasaje y dinamitaron la normalidad y la percepción que se tenía de este país aparentemente incólume, isleño, a salvo, ejemplo de laboratorio del triunfo del neoliberalismo en Latinoamérica. 

Mientras a los adultos nos embargaba el pánico, la fragilidad, la tristeza, la euforia adolescente, o todas las anteriores, fueron ellos los que continuaron sin miedo en la calle, día tras día, a pesar del estado de emergencia, del toque de queda, de las agresiones desmedidas de militares y carabineros, de las violaciones a los derechos humanos, de la lista negra de detenidos, heridos y muertos. Son ellos los que siguen ahora, tras semanas de protestas, repletando las calles de un país que ya nunca podrá volver a ser el que era. Los que nos han dado un bofetón en la cara para advertirnos que vivíamos en un equilibrio delicado e insostenible. Los que demuestran que lo que sucede allá afuera, en Hong Kong, en Beirut, en Caracas, nos afecta y nos compete, porque estamos indefectiblemente conectados. Son ellos, conscientemente o no, los que recogieron la posta del espíritu que animó a los pingüinos del 2006: que el bien común es algo a lo que no podemos renunciar.

El paso entre el reclamo por los 30 pesos de la subida del metro y los 30 años de desigualdad, precariedad e injusticia, se dio en un suspiro, mucho más rápido que en París del 68, o que en cualquier otro movimiento estudiantil; y se reflejó de inmediato en las consignas callejeras, en los memes ingeniosos, en las pancartas desafiantes y mucho más sagaces que los titulares de la prensa. Sin líderes visibles, sin caudillos carismáticos, sin partidos políticos que los arroparan o que aprovecharan el tirón, ha sido la torpe e irresponsable reacción del gobierno la que, lejos de apaciguar, logró aclarar muy pronto cuáles eran las verdaderas demandas: por la dignidad, por la educación, la salud, las pensiones… por una nueva constitución. Las reivindicaciones son muchas y variadas, pero la obscena desigualdad de este país está en el centro de todas ellas.

El brío por el colectivo y la conciencia ciudadana ahora inunda una sociedad hasta hace poco apática e individualista. Los cabildos y las asambleas que se suceden en cada barrio y en cada gremio, han servido al principio como terapia grupal para el estado de bipolaridad e incertidumbre, pero también para definir un camino a seguir. Sin embargo, igual que con la lectura, para que este impulso no se desinfle, para que esta experiencia nos lleve a otras, a otros escenarios posibles, a otras narrativas deseadas, necesitamos de mediadores. Porque en un país donde el tejido social fue desmembrado y la educación pública arrasada, no hemos tenido la posibilidad de disfrutar de las condiciones necesarias para ser lectores lúcidos de nuestra sociedad, para ejercer como ciudadanos, para entrenarnos como agentes de cambio. 

En esta gran aula abierta en la que se ha ido convirtiendo el país en los últimos días, hacen falta mediadores que puedan canalizar este descontento, estas ganas de cambiar las cosas; personas que puedan dialogar, conciliar las posturas enfrentadas, formarnos, instruirnos. Ya está pasando. En los cabildos hablan profesores, explican, ilustran, y los participantes preparan temas, los exponen, todos los discuten. Hemos vuelto a ser estudiantes. Hemos recuperado el ágora. Ojalá no volvamos a perderla.

Recuerdo los nombres de los mediadores que nos han acompañado en estos años. Maggi Bucarey, en la Araucanía. Nacho Muñoz, en Lonquimay. El tío Lalo, bibliotecario de Puerto Octay. Karen Coronado, en Valdivia. El maestro José Natividad de Tecolotlán, Jalisco. La profesora Emma Cabal, en Oviedo. Manuel Garrido, promotor de lectura de Sevilla. La líder estudiantil Sarah Elago, en Manila. La librera Sara Momo, de Ravenna… 

Recuerdo sus nombres porque eran ellos los que cada día marcaban la diferencia en sus aulas, en sus espacios. Sus estudiantes seguro que también los recordarán. ¿Qué nombres vamos a recordar nosotros? ¿Qué nombres, qué maestros, qué mediadores nos ayudarán a apropiarnos y a participar de este nuevo relato que queremos para Chile?

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Lola Larra: ver también Taller de Consignas: Las consignas, los estudiantes y los mediadores (Apuntes sobre el estallido social en Chile)
Aquí puedes descargar el fanzine Historia de las movilizaciones estudiantiles :