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Pegar a las criaturas: la cuestión no puede ser si “funciona”.

De vez en cuando y de manera recurrente aparece algún texto sobre lo inconveniente que puede ser pegar a los niños y a las niñas,- uno de los últimos el de Carolina García en el país de título los azotes y las tortas a tiempo no corrigen ni mejoran la conducta de tu hijo, todo lo contrario (Julio 2021)-
En éste y en otros artículos similares se referencian estudios de psicología y pedagogía que demuestran lo inefectivo de la práctica, se argumenta que puede ser contraproducente y que difícilmente se van a dar los efectos deseados, por lo contrario, va a haber más probabilidad de conductas disruptivas e indeseadas.

A mí, estas reflexiones me provocan 
un sentimiento contradictorio y bastante enfado.

Por un lado está la constatación de que el castigo físico (y también el psicológico) está muy arraigado en nuestra sociedad. Toda la intención de erradicarlo es positiva, y si para ello hay que esgrimir argumentos instrumentalistas, pues vale.

Pero por otro lado me indigna que podamos hablar de daño, violencia y maltrato a la infancia desde una perspectiva pedagógica, en nombre de la educación y como posibilidad aceptada en la tutela de los procesos de crecimiento de niños y niñas.

Pegar a una criatura, ejercer violencia física o psicológica contra ella, es maltrato, e implica una vulneración grave de los derechos de la infancia así como la violación de la integridad de una persona.

Funcione o no funcione, valga para aprender algo o para lo contrario, ayude a un buen comportamiento o provoque rebote. Esto nunca será la cuestión y no debemos dejar que el debate derive hacia ese lugar tan peligroso.

Porque, en un momento dado, puede haber alguien, con doctorado o no, que en base a su experiencia, a sus creencias o a sus investigaciones argumente de forma solvente que sí que vale, que la disciplina y la educación son pareja de hecho, que en lo conductual está la solución y que a veces es imprescidible ejercer la fuerza para doblegar voluntades indómitas. Y puede ser incluso que demuestre con éxitos sus hipótesis. (la violencia es efectiva en muchas situaciones, por qué no lo va a ser también en adiestramiento humano)

También puede darse quien desde una posición moral asuma el 100% el discurso anterior y deje fuera de la ecuación el castigo físico para cebarse en los castigos de índole psicológica.

A estas alturas del partido los moratones están mal vistos, pero los castigos que no dejan marca y que se diluyen en propuestas pedagógicas innovadoras -como la economía de fichas- u otros engendros conductistas, sí que valen. Porque una cosa es no pegar a los niños y a las niñas y otra muy diferente es dejar que hagan lo que les dé la gana.

Nos encontramos con dos problemas graves:

1. El primero es que la pedagogía no ha tomado una distancia clara con respecto a la disciplina y el castigo. No renuncia a la coacción, no renuncia al ejercicio de autoridad, no tiene la suficiente autoestima para transitar exclusivamente por el terreno del respeto y del cuidado. Los métodos amables sí se reivindican, pero siempre queda guardada en la recámara la opción b para aquellas mal educadas que no se dejan seducir por la persuasión, que su autorregulación o sus circunstancias les impiden cumplir las expectativas.

En estos casos el crecimiento se da en conflicto, y el conflicto poco tarda en visibilizar quién es el que manda y cuál es el marco que hay que respetar sí o sí.

Por supuesto hay momentos que se ha de poner un límite, incluso usar la fuerza de forma contundente. 

Enrique Martínez Regueraen sus charlas, solía comentar el caso de que si un chaval amenazaba con una pistola había que quitársela sin dudarlo, pero no podemos confundir esto con un acontecimiento educativo.

Por lo contrario, nuestro sistema califica como intervención educativa a todo lo disciplinario, a los castigos, sin ningún pudor.

Las cárceles de menores son centros de re-educación, la expulsión de un instituto por mal comportamiento es también una medida educativa que se hace por el bien del alumno/a, dejar a un niño sin salir con sus amigos también, y así sucesivamente...

2. El segundo es que los derechos de las infancias parecen puro postureo. Si realmente tuviéramos claro de dónde emanan los derechos de las criaturas -y no es tan difícil, es el mismo lugar del que surgen los derechos humanos de las personas adultas- no nos perderíamos en los debates de qué circunstancias o qué contextos nos permiten relativizarlos por un bien mayor.

Las personas adultas siempre nos quedamos con el comodín del público, con una carta bajo la manga que nos da derecho a una última interpretación de qué es lo que un niño o niña necesita, aunque esta inferencia sea contraria a lo que la criatura expresa, a su propia subjetividad, incluso a la Convención de los Derechos del Niño/a.

Cualquier niño o niña en manos de una persona adulta con autoridad - padre, madre, jefe/a de estudios, juez- está en peligro de convertirse en esa excepción que confirma la regla, y con muchas posibilidades de que además lo responsabilicen de ello.

Esto vale para todo, para desahuciar a una niña de su casa -aunque el derecho a la vivienda este reconocido-, para atar a una criatura a una cama en un centro de protección -las contenciones físicas no están permitidas explícitamente por la flamante Ley Rhodes, aunque se mantiene la excepción de sujetarles de las muñecas con “equipos homologados” durante una hora, y ojo, hablamos de protección no hay delito que medie-, o para justificar un porrazo en una manifestación o para explicar por qué una bofetada a tiempo conviene a una niña desobediente.

La adultocracia es tal que sentimos que los niños y las niñas nos pertenecen y también sus derechos. Para que éstos tengan valor se han de dar en el marco que hemos establecido para ellos. Les exigimos dinámicas de aceptación y colaboración, y si no se dan, como adultas ejercemos el reservado el derecho de admisión, afianzando la exclusión social de las infancias y legitimando el castigo y la coacción.

Así que nos vemos enredados en debates pedagógicos, técnicos o legislativos sobre si va bien pegar a las criaturas o ya no tanto, como un nuevo capítulo de la progresión histórica de la subordinación de las infancias.

Se presenta como si las prácticas de dominación hubieran evolucionado -se hubieran actualizado y democratizado- y algunas personas todavía no se hubieran enterado, pero en ningún momento se expresa la necesidad de rendir el poder adulto y de relacionarnos con la infancia con respeto y sin jerarquías.

Podría parecer ridículo que se estuviera debatiendo en medios y universidades si funciona un cachete a tu empleado para que te entregue el informe a tiempo, o si pegar a tu padre es una técnica efectiva para asegurar la herencia, o si un puñetazo sirve para aprobar la oposición o para saltarse la cola de vacunación. Pues esto está pasando en lo referente a violentar la infancia.

El consenso adulto es que el fin no justifica los medios y que hay ciertas barreras que incluso con Estados de Alarma no se pueden traspasar.

Pero en el caso de los niños y las niñas, sí podemos hablar de si pegarles es bueno o malo es porque, de alguna forma, esta opción sigue estando encima de la mesa y tenemos que generar un argumentario que nos convenza racionalmente a no ejecutar dicha opción. Hablar de empatía, alteridad, equidad e igualdad queda reservado solo para las adultas con derecho a voto.

Defecto de fábrica y cambio de paradigma.

Sería muy diferente si se hablara del maltrato infantil como un problema adulto, qué pasa, qué nos pasa individual y colectivamente para ejercer una violencia sistemática hacia las infancias, a veces sin querer y a veces sin poder evitarlo, de forma que ni las leyes de protección ni los marcos éticos y morales de nuestra sociedad son suficientes para evitarlo, más bien lo contrario.

Sería indispensable tomar conciencia de la dimensión patológica de la adultocracia - las dinámicas de reproducción del maltrato, como explica Alice Miller en sus estupendas obras-,  para abrazar un proceso político-terapéutico de transformación hacia una sociedad de bienestar para la infancia, en un posicionamiento claro al lado de los niños y las niñas y en un compromiso de cada uno y cada una de las adultas de romper con la rueda de la violencia.

Una comunidad dispuesta a asistir y a cuidar a aquellas personas que puedan tener más dificultades en controlar la agresividad y que focalizan su malestar en las criaturas más indefensas.

Una comunidad que también reconociera el maltrato institucional a la infancia y no se dejara confundir por una administración pedagógica del daño infligido a los niños y las niñas.

Pero para ello se tendría que partir de un análisis honesto y responsable, asumiendo la parte de complicidad que a cada una corresponde, en nuestros trabajos, en nuestras familias.

De poco sirve señalar y demonizar a quien pega, a quien grita, a quien insulta cuando la institución lo hace de manera análoga, aunque sea de forma camuflada en estructuras de derechos y deberes, con las que muchas colaboramos.

Es fundamental cambiar el paradigma, asociar de manera indisoluble la educación al cuidado.

La letra con sangre NO entra, pero tampoco con pegatinas verdes y rojas en el cuaderno, con ratos interminables en el rincón de pensar, con castigos de no salir al patio o de no entrar al colegio por una expulsión. Y el portarse bien tampoco se consigue con castigos de no dejar quedar con los amigos, o retirar, a conveniencia adulta, la pantalla con la que estamos haciendo que crezcan los niños y las niñas.

Conozco centros de menores (la mayoría, de hecho) en los que cuando un chaval se porta mal le castigan a no salir del centro o a no jugar a fútbol, privándole justo de aquello que más desea, -los sistemas de economía de fichas necesitan elementos sustantivos de la vida de los niños y niñas, no se conforman con las migajas-, cuando no, directamente, le prohíben ir a visitar a su familia biológica -vulnerando un derecho fundamental en el nombre de la protección- en un alarde de prepotencia al pensar que un marco normativo basado en protocolos infumables va a garantizar el amparo más que la socialización de la criatura en los espacios que pueda ofrecer la comunidad

Igual que no vale desechar el castigo físico solo porque no funcione – de hecho a corto plazo sí podría funcionar-, tampoco vale aceptar ciertas medidas disciplinarias y correctivas porque sí funcionen.

Madres, padres, profes, educadores y educadoras, no queda otra que ser más creativos, no valen los atajos por mucho que la institución dé palmaditas en la espalda y se encuentre la compresión y el beneplácito social en el ejercicio de la autoridad adulta.

Respecto a la administración, el defecto de fábrica es muy grave, el adultocentrismo forma parte de su propia conformación y definición. Lo único positivo es que hay mucho margen de mejora, existe un lugar y una necesidad para una pedagogía social y política que transforme las instituciones.

Lo que debiera ser un modelo político que diera ejemplo de un escrupuloso cumplimiento de los derechos de las infancias, se manifiesta día a día en el polo opuesto.

Difícilmente se podrá promover desde la institución el respeto a los niños y las niñas cuando cotidianamente se hacen devoluciones en caliente, cuando se encierra en centros de menores con dinámicas carcelarias a niños que llegan solos al país, cuando se desahucian familias con hijos, cuando se priva del derecho a la educación a chavales que la lían en el instituto, o cuando en un centro de protección se castiga a un niño a no ir a casa el fin de semana por mal comportamiento. Por no hablar de los jueces que aplauden los discursos racistas contra los migrantes no acompañados vivos que llegan a las fronteras.

Me temo que existen infinitas dinámicas institucionales de maltrato a la infancia que gozan de buena salud y que duelen tanto o más que los golpes que pueda darte tu madre o tu padre.

Obviamente es una comparación tendenciosa, pero es importante asumir la responsabilidad social que tenemos todos y todas, también las instituciones, en sostener el marco de maltrato a la infancia. Al fin y al cabo se pega a los niños y se vulneran sus derechos porque se puede, porque hay un contexto permisivo que hace que esto siga siendo una opción.

Muchas veces se plantea una confrontación clasista e hipócrita, entre quienes no se pueden controlar y quienes han alcanzado un lugar de superioridad moral y de confianza en el sistema de derecho que les distancia de ciertas conductas violentas reprobadas socialmente – una diferencia que se da en un nivel discursivo, porque pueden llegan a las manos si tienen que cenar juntos, como muestra estupendamente la obra de teatro de Yasmina Reza, “Un dios Salvaje”-

De igual modo la hipocresía se expresa cuando los miembros de un gobierno se hacen la foto aprobando la Ley contra la violencia a la infancia a la vez que permiten que, por ejemplo, en la Cañada Real (Madrid) lleven cientos de familias con niños y niñas más de 10 meses sin electricidad sin que nadie mueva un dedo.

Es una manipulación indecente condenar el maltrato físico y el abuso para salvaguardar todo lo demás y promover una adultocracia 2.0 en la que los golpes son menos visibles, pero la subordinación de la infancia sigue en vigor, consolidándose su lugar de indefensión y exclusión.

Por supuesto que es injustificable el castigo físico y el maltrato, nunca y bajo ninguna circunstancia, pero tengamos en cuenta que cuando se plantea desde el sistema una respuesta punitiva al mismo estamos ofreciendo más de lo mismo. Responder al castigo con castigo confunde causas y consecuencias y nos aleja de la solución.

Habrá quien diga que no es lo mismo maltratar a una niña que dar una bofetada puntual -habrá quien dirá incluso que puede ser merecida-, y quizá no sea lo mismo en cuanto a las consecuencias en salud mental de la criatura o en las consecuencias penales para la adulta, pero simbólicamente no cambia tanto, es una cuestión de grado y sobre todo de una jerarquía social que da legitimidad a una persona e indefensión a la otra más bajita.

Y acabo recomendando el irónico e inmejorable artículo publicado hace ya 13 años en LA HAINE De cómo pegar a los niños (por su propio bien) por si, pese a los argumentos jugados en este texto, no se tiene claro si se quiere renunciar al privilegio otorgado.

Red Niños y Trabajo

Recientemente se ha presentado la Red Niños y Trabajo, Children Work.
Aquí su presentación y Objetivos:

Somos un grupo internacional y diverso de investigadores académicos y profesionales preocupados por la infancia y los derechos del niño, con un interés particular en el trabajo infantil. 

Si bien creemos firmemente que se debe eliminar el trabajo dañino realizado por los niños, es de vital importancia que las intervenciones y campañas se basen en la evidencia, se informen sobre las propias experiencias de los niños trabajadores y consideren el bienestar de manera integral: deben atender al bienestar general. -ser y desarrollo de los niños - físico, mental, social y espiritual - según lo estipulado por la CDN (artículos 17, 23, 27, 32). 

Este sitio web está dedicado a nuestros esfuerzos y publicaciones con este fin.



Declaración Red de Niños y Trabajo.

Muchachos dirigiendo un taller de reparación de bicicletas en Asuán,Egipto.
 
Fotografía de Carl Heibert.  

Nuestro objetivo fundamental es que los niños y niñas, como es su derecho, vivan en un entorno que permita y promueva su desarrollo físico, mental, moral, espiritual y social, en su máximo potencial*.   
El desarrollo efectivo en cualquier ámbito requiere de la participación activa de los niños.  También requiere su protección contra daños, pero toda protección debe tener en cuenta la intención más amplia de permitir que los niños prosperen: un enfoque estrecho en proteger a los niños de riesgos particulares con demasiada frecuencia da lugar a restricciones que pueden obstaculizar su bienestar y obstaculizar sus oportunidades de desarrollar

 Aplicando esta preocupación fundamental al trabajo de los niños, hemos llegado a reconocer que los niños y adolescentes pueden y trabajan, con o sin pago, para mantenerse a sí mismos y a sus familias, particularmente en situaciones de pobreza severa, pero también en una variedad de contextos y entornos culturales.  En muchos casos, su trabajo permite a los jóvenes aprender habilidades técnicas, comerciales y para la vida que los ayudan a lograr una vida digna y productiva como adultos dentro de sus sociedades, un aprendizaje que es especialmente importante donde la educación disponible ofrece beneficios limitados. 

 También es importante observar que el trabajo está integrado en las relaciones sociales y que las relaciones de apoyo son clave para el bienestar y el desarrollo de los niños. A través del trabajo, incluso los niños pequeños participan en las actividades de sus familias y comunidades, realizando tareas y quehaceres y, en ocasiones, contribuyendo al sustento familiar mediante el trabajo remunerado o no remunerado; de esta manera, construyen sus relaciones con quienes les rodean y desarrollan un sentido de responsabilidad social y económica y de ciudadanía. 

 Sin embargo, el trabajo que realizan los niños y adolescentes puede tener efectos tanto negativos como positivos. En particular, el trabajo a veces obstaculiza o impide la escolarización, o conlleva un grave riesgo de daño físico o psicológico. Sin embargo, las intervenciones destinadas a proteger a los niños impidiéndoles trabajar con demasiada frecuencia dañan las posibilidades de los niños que se supone deben estar protegidos, privándolos de los beneficios de un trabajo seguro y, a veces, empujándolos a peores formas de trabajo. 

 Por tanto, es necesario prestar mucha atención al trabajo que realizan los niños e intervenir en su nombre cuando el trabajo les perjudique. 
Décadas de investigación en todos los continentes nos llevan a concluir que el respeto genuino de los derechos del niño requiere que la intervención se aplique y evalúe de acuerdo con los siguientes criterios clave: 

1.-  Los niños deben poder realizar un trabajo que los beneficie y contribuya a su pleno desarrollo. Es importante reconocer y aprovechar los aspectos positivos del trabajo infantil, tanto dentro del trabajo en sí como en cualquier intervención destinada a beneficiar a los niños trabajadores. Y es importante que los niños puedan trabajar con dignidad. 

2.-  Los niños que trabajan no deben ser perjudicados ni explotados a través de su trabajo. La atención debe centrarse en prevenir daños en lugar de prevenir el trabajo. 

 3.-  Los niños que trabajan no deben ser perjudicados ni explotados mediante ninguna intervención destinada a su beneficio. No deben ser criminalizados por su trabajo. 

4.-  Las políticas y los programas relacionados con el trabajo infantil o el trabajo infantil deben basarse en pruebas empíricas sobre los efectos en el bienestar y el desarrollo de los niños y responder a ellas, tanto con respecto a su trabajo como a las intervenciones en el trabajo infantil. 

5.-  Las políticas deben abordar los factores estructurales, políticos y económicos que llevan a los niños a buscar trabajo de manera que los perjudique, en lugar de simplemente buscar sacarlos del trabajo. En esa consideración se incluye una educación de calidad a fin de hacer realidad los derechos del niño y los objetivos de la educación, así como las prácticas comerciales y de producción que llevan a los niños a realizar trabajos nocivos. 

6.-  Todos los actores deben reconocer y apoyar la participación sistemática de los niños para determinar su propio interés superior y promover sus derechos humanos en general. En particular, los niños que trabajan son trabajadores y deberían tener todos los derechos de los trabajadores, incluido el derecho a defender sus intereses. 

 * Cf. Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos del Niño (CDN) artículos 17, 23, 27, 29, 32.

La web cuenta con informacion y accesos a iniciativas colectivas, a  estudios de casos e a investigaciones.

Acesso a los Miembros de la Red, entre los que se encuentran dos miembros de la Asociacion GSIA.


¿Sabes qué uso hace la generación Alpha de dispositivos y aplicaciones?.








Imagen decorativa ¿Sabes qué uso hace la generación Alpha de dispositivos y aplicaciones?¿Crees que existen diferencias por sexo, edad, renta y territorio según el uso de dispositivos y apps?, ¿conoces las preferencias de la generación Alpha en ocio, educación, y socialización en el ámbito digital? Consulta el estudio “Consumo y uso de los dispositivos y apps por la generación Alpha”, codirigido por el Observatorio de Contenidos Audiovisuales de la USAL y la Cátedra de Comunicación en la Infancia y la Adolescencia de la UCM, en el marco del proyecto SIC-Spain.
El trabajo de campo se realizó en julio de 2019, con una muestra de 525 niños y niñas en ciudades de más de 10.000 habitantes del territorio nacional español en la población de niños de los siete a los nueve años (Generación Alpha) y por cuotas de sexo, región de residencia, centro educativo y renta percibida. 

En el recurso se muestran los resultados obtenidos de la primera oleada del «Barómetro de los hábitos de uso y consumo de la infancia y adolescencia en las pantallas inteligentes», codirigido conjuntamente por el Observatorio de Contenidos Audiovisuales de la Universidad de Salamanca y la Cátedra Complutense de Comunicación en la Infancia y la Adolescencia de la Universidad Complutense de Madrid (miembro del consorcio del “Safer Internet Centre Spain”,SIC – Spain, coordinado por INCIBE, Instituto Nacional de Ciberseguridad de España).

Entre otros, se presentan aspectos como el uso y consumo de las pantallas, la necesidad de conocimiento de los distintos proveedores de productos y servicios (share, rating, tiempos y hábitos de consumo, consumo de publicidad, consumo acompañado, oportunidades y amenazas percibidas…), el lugar de uso y el momento del uso de los dispositivos y la valoración de la disponibilidad, tanto de los dispositivos como de las apps por parte de la generación Alpha.



El estudio destaca que es necesario mejorar el cuidado y el tiempo de acompañamiento digital de calidad con los niños y las niñas, aportando conclusiones y recomendaciones basadas en las tendencias y hábitos actuales de los resultados extraídos.

Además, para apostar por un uso seguro y responsable de Internet por parte de los menores, podemos apoyarnos en la Línea de Ayuda en Ciberseguridad de INCIBE, a través del teléfono gratuito y confidencial 017, donde es posible recibir asesoramiento preventivo y/o reactivo personalizado a la situación particular. 

Infancia y Bienestar, presentación del libro en Sevilla. #30añosCDN.


Una apuesta política por las capacidades y los cuidados.
15 de noviembre,

19,00 horas,

UPO sede centro,
c/ Laraña 4-2,
Sevilla.

Lina Gálvez Muñoz y Lucía del Moral Espín (dirs.)
Una apuesta política por las capacidades y los cuidados. 
Preguntarse por lo que  las niñas y niños necesitan para tener una buena vida y por cómo mejorarla, no es en sí mismo algo novedoso. 
 Sin embargo, hasta hace relativamente poco tiempo, esta cuestión no se abordaba de la mano de los propios protagonistas como sujetos de su propia vida... 
978-84-949093-0-6.
Editorial de Culturas.
En cuanto nos llegue la obra te la enviaremos.

Disponible el: 15/11/2019



*.- Nuestros socios de la Asociación GSIA, Iván Rodríguez y Lourdes Gaitán, participan en este libro. Iván Rodríguez, UHU, participa en este acto de presentación.



diecisiete, película.



El cine de Daniel Sánchez Arévalo siempre ha tenido como uno de sus ejes de referencia la incapacidad de los hombres para gestionar nuestras emociones – Primos, La gran familia española – y, casi como contrapartida, la vindicación del cuidado como una herramienta desde la que construir otro proyecto de subjetividad masculina – Azul oscuro casi negro. Su última película, Diecisiete, rodada sin grandes estrellas y con una apariencia engañosa de pequeñez, retoma buena parte de ese relato y lo convierte en una historia hermosa de dos hombres jóvenes que, más que a perder, aprenden a quererse. Esta road movie en la que acompañamos a dos hermanos por un viaje no solo físico sino también emocional, nos muestra a dos tipos, Héctor e Ismael, que de distintas maneras no son capaces de lidiar con todo lo que bulle dentro de ellos. El primero, cercano a la mayoría de edad, y que lleva dos años interno en un centro de menores, porque no ha sido capaz de salir de sí mismo y proyectar todo su enorme potencial, intelectual y afectivo, en los otros. El segundo, porque ha estado siempre condicionado por un papel excesivo de padre que no le correspondía y que le ha llevado a poner siempre la cabeza por delante del corazón. Los dos, cada uno a su manera, son seres incompletos, infelices, desnortados. Diecisiete es la historia de cómo ambos se quitan las máscaras y se reencuentran.

El hecho de que Héctor consiga salir de sí mismo gracias al aprendizaje que para él supone cuidar de un perro es la llave lúcida con la que Sánchez Arévalo nos da una hermosa lección sobre la ética del cuidado. Sobre los vínculos amorosos que nos unen al resto de seres vivos y a la Naturaleza en su conjunto. La misma lección que está presente en la luminosa relación que el joven mantiene con su abuela moribunda, otra de las protagonistas de la película, aunque apenas ni hable ni reclame el foco. Ella es, en su estado terminal que acaba albergando esperanzas, la llave que en gran medida hace que los dos hermanos se alíen en su singular aventura y, por tanto, el espejo en el que como hombres se miran para reconciliarse con su lado de humanidad al que con poca frecuencia habían escuchado. Una abuela que podría ser la nuestra, la de cualquiera de nosotros, las que representan en el siglo XXI la frontera del bienestar y de la vida buena.

Con un guión lleno de diálogos brillantes pero sin parecer impostados, y con unas interpretaciones de premio (los merece todos el joven Biel Montoro, pero tampoco desmerece un Nacho Sánchez que tanto me recuerda a un Tosar rejuvenecido y con pelo), Daniel Sánchez Arévalo ha conseguido una de sus mejores películas. Entre otras cosas, porque sin grandes estridencias, sin golpes de efecto, con solo la fuerza de unos personajes y una historia muy auténticos, es capaz de emocionarnos.  Y debería hacernos pensar muy especialmente a los hombres en cómo continuamos empeñados en negar lo que nos une con los otros y con las otras, con quienes necesariamente son parte de nuestras vidas de seres interdependientes, con la irremediable fragilidad que nos reclama cuidar y ser cuidados. Justamente ese arma cargada de futuro es la que Héctor e Ismael aprenden a usar en apenas dos días. La alternativa al Código Penal, a las chanclas que impiden correr, a los silencios que como hombres con frecuencia nos atrapan. Diecisiete se convierte así en una hermosa fábula sobre dos hombres que recuperan la parte más animal que habita dentro de ellos y que es la que les permite abrazarse.  Una apuesta revolucionaria en estos tiempos de individualismo neoliberal y de deseos depredadores. Frente a ellos, las manos acariciadoras de Héctor y la ironía salvadora de Ismael. Con ellos, la abuela que nos recuerda cómo es la vida, la sostenibilidad de la vida, lo que debería estar en el centro de nuestras agendas. 

*La Asociacion GSIA se ha propuesto para este año dedicar estudio, reflexión y recursos al Cuidado. Así Vocalía de Comunicación GSIA estará muy atenta para que, en consonancia con ese propósito, todos los medios de comunicación de la Asociación GSIA sean portadores de mejor sobre ese tema.