sábado, abril 29, 2017

«Hemos abierto la puerta de nuestro hogar al monstruo de la hiperestimulación»

No lo puede absorber todo.

Entrevista a la psicóloga Alicia Banderas

Por Carlota Fominaya, ABC
«El cerebro de un niño no es una esponja. No lo puede absorber todo. Tiene su propio límite. Generamos niños con alergia a la paciencia, a la soledad y al aburrimiento». Al menos es la teoría de Alicia Banderas Sierra, autora de «Niños sobrestimulados». Esta psicóloga, especializada en educación, plantea este libro para ayudar a padres y educadores a conocer las claves para entender cuáles son los riesgos de la sobreestimulación de los niños y qué podemos hacer para respetar su ritmo de aprendizaje. Su obra también pretende ser un manual de buenas prácticas para el uso de la tecnología, previniendo ciertas conductas como las adicciones, una autoestima frágil o la sorprendente soledad en la era de millones de amigos.

—Los padres de hoy cada vez tenemos mayores conocimientos y estamos más formados e interesados por su educación, pero a la vez estamos más perdidos ante nuevos retos.
—De un tiempo a esta parte se ha empezado a divulgar el conocimiento que antes era de unos pocos para todo el mundo. Pero también soy muy crítica. Es verdad que las familias tienen ese exceso de información, están más formados. Y todos quieren lo mejor para sus hijos por lo que piensa, «si dispongo de todas estas herramientas por qué no voy a utilizarlas»... Pero en ese ansia de educar mejores niños nos hemos pasado al otro lado. Muchos padres no manejan o no filtran bien esa información y no aplican lo que atiende mejor a las necesidades de sus hijos.



—En su libro hace referencia a la hiperestimulación a la que ahora se somete a los niños. Padres que se preguntan: «¿Cómo vamos a perder la oportunidad de que nuestros hijos aprendan inglés y chino, ajedrez y robótica?
—Ahora mismo vivimos con esa presión social, a la que hay que poner un límite. Yo digo los niños sobreestimulados por el afán de crear super niños los exponemos a estímulos antes de tiempo de manera excesiva y precoz, por ejemplo a tareas a veces demasiado complejas que su cerebro ni siquiera está preparado. Y también les sometemos a apuntarles un sinfín de actividades que ni siquiera desean o han elegido. Y esto genera estrés, bloqueo y desmotivación. Hemos abierto la puerta de nuestro hogar al monstruo de la hiperestimulación.

—Pero a veces los padres apuntan a sus hijos a extraescolares porque no llegan a tiempo para recogerlos.
—La escasa presencia de los padres en casa… hacen que hagamos esto. Pero nos estamos pasando. Ahora mismo los niños de dos años van a ballet, estimulación musical, natación, inglés y chino. Es decir, que con 24 meses poseen agendas de ejecutivo. Las actividades, mejor de una en una. Y además les deberíamos apuntar a algo que les guste o se les da bien, para que sientan la auto realización. martes y jueves… la estimulación es buenísima, la privación y la sobreestimulación, fatal. Los niños necesitan juego libre y actividades que no estén planificadas. A veces cuesta lo mismo apuntarles a una sola actividad y contratar a una persona o una estudiante que les pueda cuidar el resto de días y les permita tiempo para aburrirse.
El drama es que muchos padres de hoy piensan que si no está todo estructurado y planificado no es productivo para el niño. Pero es que el conocimiento se origina desde dentro, no desde fuera. El que tiene que procesar y asociar las ideas es el niño, y para eso necesita tiempo libre, o estar en su cuarto con sus juguetes, sencillamente. En consulta lo estamos viendo. Los niños ya no piden que su papá o su mamá esté en casa, sencillamente piden que se les deje en casa, sin agobios y tantas cosas por hacer. Y mucho menos apuntados a actividades que ni eligen ni desean. Otra cosa que considero preocupante de todo esto es que los niños no echen de menos a sus padres y estén acostumbrados a estar con la vecina o la cuidadora...
Los más pequeños tienen que tener el gusto por aprender, y la auto realización que supone llevar algo a cabo, con éxito, o sentirse talentosos. Porque cuando tú conoces esa sensación de pequeño, luego de mayor eres capaz de elegir lo que te gusta.

—Usted repite varias veces en su obra que los niños no son esponjas, en contra de lo que se suele escuchar.
—Es más, una esponja con su excesivo uso no puede absorber más de lo que su propia capacidad permita. Las esponjas también se desbordan y se degradan. Por eso hay que cuidar a los niños. María Ángeles Gallo, de la Universidad de Granada, apunta que tenemos que respetar a los niños porque estos aprenden a fuego lento. Si les sometes a estímulos continuos, no disfrutan, no interiorizan, les saturamos. Además no todo se enseña. A los tres años, los niños tienen el impulso gráfico, tú no le puedes enseñar eso, les sale solo. Los niños tienen una creatividad innata, y lo que hacemos es con tanto estímulo es aniquilar esa curiosidad innata.

—El idioma, asegura usted, también es importante en todo esto.
—Sí, cuidemos el lenguaje. Tengo padres que dicen: «Nos vamos del parque porque tenemos que estudiar». La pregunta es: «¿Te examinas tú?» Lo correcto sería decir: «Nos vamos del parque porque mi hija tiene un examen». Hay que ponerle esa responsabilidad a la niña. Les estamos quitando esa responsabilidad desde Primaria. Estamos aniquilando un montón de herramientas que ellos tienen que saber para enfrentarse a la vida.

—A eso ud. afirma que también contribuye el uso abusivo de estos dispositivos desde muy temprana edad, porque afectan al desarrollo psicomotor, emocional y social de los niños.
—Como todo, esto de las pantallas es un mercado. Pasa lo mismo con las pizarras digitales en el colegio. Hay muchos autores que están investigando sobre sus resultados. Y estos no siempre son mejores que los que obtuvieron generaciones anteriores con la tiza. Abogo por un uso adecuado: Ni cavernícolas ni dementes digitales. En cualquier caso, los padres deben saber las consecuencias que conlleva exponer a los niños con meses a las pantallas de los móviles o de las tablets. Los bebés aprenden tocando, haciendo el juego de la pinza, con el movimiento de su cuerpo, por sensaciones... no deslizando el dedito índice por la pantalla. Primero huelen, miran, luego perciben y finalmente esto trae el lenguaje y el pensamiento.
Pero si hay una sobre exposición a las pantallas, lo que estamos haciendo es favorecer el sedentarismo y dificultar el juego libre en espacios abiertos y naturales que tan importantes son para su salud y bienestar. Se relacionan menos y, por tanto, hablan menos. El lenguaje puede verse afectado. Esta excesiva utilización incluye en la manera de adaptarse a su entorno y en su aprendizaje. Se trata de lanzar una llamada a la conciencia y a la responsabilidad por parte de los padres para hacer un uso adecuado de la tecnología.

—¿Cómo estimular sin dañar durante los primeros años de vida?
—La Academia Americana de Pediatría recomienda que los niños menores de tres años apenas vean la televisión, nada o casi nada, como apunta María Pilar Quiroga Méndez. Parece imposible, ¿verdad? Según esta experta, las exposiciones elevadas en estos primeros años de vida a la televisión, los videojuegos y otros soportes digitales incluyen en los procesos de atención del niño, tanto porque se les somete en cortos períodos de tiempo a un impacto visual brutal que puede mermar el proceso de atención, como por la dificultad de centrar la atención.
El niño con un cerebro en desarrollo tiene que hacer un grandísimo esfuerzo ante tanta saturación. Los estímulos son super rápidos, y de mucho impacto. Cada vez van a necesitar mayor dosis de estímulos y va a ir perdiendo el interés por las cosas que son más naturales, porque van a otro ritmo. Por eso están los niños constantemente con el "me aburro" y una conversación la sustituyen rápidamente por el móvil para jugar.

—En concreto, ¿qué consejo le daría a esos padres que utilizan las pantallas para dar de comer a sus hijos? Según estudios recientes, esto es cada vez más frecuente en los hogares españoles.
—Los niños tienen que percibir las texturas… Al final no comen mejor. Todo lo contrario. Pierden autonomía, porque con 18 meses pueden coger ellos solitos la cuchara. Además tienen que sentir su límite de saciedad. Ingieren comida porque están distraídos, pero eso no es un buen uso de la comida. A veces no hay paciencia, vamos sin tiempo… Pero sugiero invertir un poco, porque todo explota después y nos puede pasar factura.

—¿Cómo se puede ir quitando esta terrible costumbre, cada vez más popular?
—Quitarlo de forma radical es difícil. Es mejor reducirlo poco a poco, y presentarle al niño las comidas que más le gusten, con el afán de que coma. Filete con patatas, canelones... Pero solo al principio. Después llegará el momento en que hay que volver a una dieta normal, e incorporar el hábito de una alimentación saludable. Los niños no se van a morir de hambre porque un día no tenga una pantalla o una alternativa rica. Y el que esté tiempo que no se las ponga nunca, o que determine muy bien los tiempos.

—¿Algo que sí podamos hacer con las pantallas en estas primeras épocas de la vida?
—Un ejemplo de lo que podemos permitir a los más pequeños es el uso de videochats a través de los cuales se relacionan y comunican un rato con los familiares y amigos, algo de gran utilidad en esta sociedad en las que las personas tenemos una gran movilidad geográfica. Es importante adaptarnos a los tiempos y utilizar los beneficios tan positivos que nos aporta la tecnología.

—¿Qué alternativas tenemos a la televisión y al uso de las pantallas o dispositivos electrónicos? ¿Cómo podemos escoger juegos divertidos para reemplazar los dispositivos electrónicos?
—Basta con buscar tiempo y espacios de juego al aire libre, y elegir juguetes que no lo hagan todo por ellos, sino otros que fomenten su imaginación o el gusto por hacer cosas y construir. Que no todos sean digitalizados o a pilas. Hasta los dos años están desaconsejadas las pantallas, pero a partir de los tres pueden convivir con el juego tradicional. Aunque, quiero recalcar, no son necesarias.

—¿Cuánto tiempo de pantalla es demasiado, según su edad?
—Los expertos afirman que más de dos horas diarias pueden tener efectos nocivos. Si se opta por dejar que los niños utilicen estos dispositivos —aunque insisto, no es necesario en esta etapa—, sería con la recomendación de no superar una hora de contenidos de alta calidad, y siempre supervisados y acompañados por sus padres. A partir de los seis años se recomienda buscar un equilibrio entre los juegos tradicionales, sus actividades diarias y los dispositivos digitales. Limitar el tiempo que permanecen frente a estos aparatos, combinándolo con el movimiento y el ejercicio físico y con momentos para relacionarse y comunicarse con sus iguales y adultos, es una manera muy adecuada de actuar.

En la adolescencia

—La segunda parte de su libro trata el problema de las pantallas cuando son un poco más mayores y en la adolescencia. ¿Qué hay de esa creencia de que los niños y adolescentes de hoy, nativos digitales, son necesariamente más «espabilados»?
—Tienen otras capacidades. Primero, que este mundo de pantallas lleva a que los niños hagan una lectura urgente, rápida y superficial. Poco profunda que se dice. Stitzer, psiquiatra y científico alemán, advierte que es como si surfearan a través de las palabras como si quisieran quitárselas de encima. Nosotros también lo hacemos, pero aprendimos a leer de la manera anterior… Los niños que están aprendiendo a leer ahora realizan con dificultad una lectura profunda. Esto genera una baja capacidad de comprensión lectora. La queja más generalizada de profesores, pedagogos... es que los niños no saben lo que leen, porque no han profundizado. Y si no han profundizado, tampoco han grabado el conocimiento.
No siempre aprenden mejor. Insisto, con una lectura rápida y poco profunda no se trabaja la comprensión lectora. Además cada vez se intensifica más la función de filtrar, con lo cual no van a poder leer un libro entero. Pueden caer en la vagueza intelectual.

—Pero son multitarea.
—Son los futuros hombres orquesta del siglo XXI. Tienen mucha más capacidad de hacer cosas a la vez que nosotros, junto con un deseo de no perderse nada, en el sentido de estar estudiándose un tema de un libro, y a la vez escuchando un podcast, la televisión de fondo, el chat del móvil abierto…. A ver, como capacidad es bueno que puedan hacer muchas cosas a la vez, pero como todo tiene su lado oscuro. Y este es que al final no acaban las tareas, ni han estudiado, ni han visto lo que querían ver… A esto se une un estado de ánimo cambiante propio de esta edad y una sensación de frustración lógica por no haber terminado la tarea que les lleva a decir a todo el mundo mundial en Facebook que no están contentos.
También presentan una dificultad en planificar y secuenciar las tareas. Lógicamente porque como apenas empiezan una abren otra… tienen abiertas todas. No consiguen la sensación o serenidad de empezar una cosa y acabarla. Y como no han cumplido ese deber tienen agotamiento tecnocerebral…

Los adolescentes y las redes sociales

—También asistimos además a una nueva dualidad social, en la que niños y adolescentes se encuentran a través de las redes sociales conectados, pero solos, y permanecen en la época de los millones de amigos en habitaciones vacías.
—Viven sus vidas con tal intensidad emotiva y carga emocional a través de la red que no saben gestionar en muchas ocasiones sus emociones. Aunque se contagian de las que proporcionan alegría, sorpresa, humor y empatía, también están presentes de forma más acusada otras de difícil manejo. Por ejemplo, la envidia, los celos y el odio que afloran en internet que queda de manifiesto cuando las personas actualizan su estado, comparten fotos personales, cuando se sabe si uno ha estado conectado o no, o escriben en los foros sobre temas en los que se debate en algunas ocasiones de manera feroz.
Muchos niños y adolescentes viven esclavizados por su smartphone, que favorece la accesibilidad, permite no estar solo y estar permanentemente conectado, relacionarse con los demás en todo momento, poseer el don de la ubicuidad y la hiperpresencia. Les permite ser visibles y se sienten reconocidos, lo cual les permite también reafirmar su identidad.

—Algunos adolescentes se muestran tremendamente narcisistas. Sienten la necesidad de exhibir su imagen en todas partes y cuanto más, mejor.
—La necesidad de sentirse admirados junto al deseo de formar parte del grupo y ser integrados en él, los lleva a exhibir sus vidas en internet. El efecto negativo es que se sienten queridos o admirados por el número de seguidores que tienen, o la cantidad de veces que alguien le ha dado clic a «me gusta», lo cual genera vulnerabilidad y una autoestima inestable y basada en la necesidad de aprobación de los demás. Cuidado, mucho cuidado con esto.

2 comentarios:

Lourdes dijo...

No deja de sorprenderme que el blog del grupo de sociología de la infancia se haga eco de un tipo de pensamiento con el que precisamente la sociología de la infancia, como disciplina científica ha sido y es extremadamente crítica. Se trata de la utilización de algunas enseñanzas de la psicología evolutiva con carácter predictivo (lo que el niño es o hace hoy es un anticipo de lo que será o hará mañana) y prescriptivo (de lo normativo, lo que se pretende sea patrón de normalidad). La infancia "vivida" de modo particular por cada niño o niña carece de importancia frente al interés adulto en la reproducción de un cierto orden social. Un orden social que parece coincidir con el de una clase media acomodada a la que se recomienda, como en este artículo, contratar a una cuidadora para tener al niño en casa, antes que "llenarle" de actividades extraescolares (que aparentemente sol están pensadas para satisfacer las aspiraciones o necesidades de las/los madres/padres, sin que llegue a preguntarse sobre que significan para los niña)

Anónimo dijo...

Muchas gracias Lourdes.
NO deja de ser cierto lo que aportas, tampoco lo es que la presión que los niños, sobre todo los bebés, soportan por parte de una sociedad, unas familias, unos padres únicos.
Esa sobrepresión o, si quieres, sobrepresencia del mundo adulto en el quehacer de los niños no creo que sea buena, cuando es claro que hoy un bebé de meses de esos hiperactivados tiene una actitud, una mirada.... que parece tener 5 años.... Esto es un hecho, observable en casi cualquier familia que centra su mundo únicamente en el niño...
Adelantar los desarrollos del niño a base de sobrepresencia adulta, no parece tampoco una situación "normal". Abandonar un niño a su suerte tampoco lo es.
Quizás tenga que ser así, simplemente constato que hay un "adelanto" en la pautas de crianza respecto a las que veníamos trayendo...
No valoro la funcionalidad de este asunto en el desarrollo de los niños.