Los muchachos perdidos, una Generación entregada al crimen

Los muchachos perdidos 

Retratos e Historias de una Generación entregada al crimen


Publicado en Revista Emeequis,  Página: 71 - No.274 

Humberto Padgett
  • Galardonado 2012:
  • Humberto Padgett, por Los muchachos perdidos, publicado en la revista mexicana Emeequis. El jurado quiere resaltar la potencia de las crónicas de América Latina presentadas a la edición de este año y en concreto el testimonio que ofrece este reportaje. En él se encuentran "situaciones aplicables en muchos países a las jóvenes generaciones. Es una de las grandes historias de nuestras sociedades". 



Los muchachos perdidos (Post)

Por Eduardo Loza y Humberto Padgett
Una noche, hace casi más de un año, Humberto Padgett entró en la redacción de emeequis después de haber pasado el día en el correccional de menores de San Fernando. Recuerdo su rostro desencajado, sus hombros echados hacia delante, la mirada perturbada, la quijada tensa. Padgett no encaja en la descripción del compañero serio. La broma recurrente y el trato amistoso es parte de su personalidad. Pero esa noche no. Esa noche callaba. “¿Viste un fantasma?”, le preguntó otro compañero, Humberto no respondió. En cámara lenta se dejó caer sobre el futón rojo de la oficina. No había visto un fantasma, pero estaba aterrado. Los muertos descansan. Son los vivos los que asustan.
Esa tarde, El M, uno de los (muy) jóvenes internos de San Fernando, había narrado a Padgett cómo mató a un pequeño de cinco años que había secuestrado, al inyectarle ácido de batería en el corazón.
La historia de El M se entrelaza con la de cientos de muchachos que pagan condena en San Fernando por delitos que perpetraron siendo menores de edad y que van desde el robo de un celular hasta el homicidio calificado. El M, al igual que El Banda, El Pequeño, El Kiko y El Sayayín, son parte de Los muchachos perdidos, jóvenes que eran casi niños cuando decidieron que sería el crimen, y no otra cosa, el cohete que los elevaría hasta alcanzar sus sueños: dinero, lujo, respeto y una vida mejor a la que estaban condenados sus padres.
El reportaje que retrata la vida de estos chicos desde su encierro fue complementado por el trabajo fotográfico de Eduardo Loza y publicado originalmente en la edición 249 de emeequis, a principios de marzo de 2011. Casi un año después, la editorial Random House Mondadori lanza a la venta un libro que condensa más de dos años de investigación en las entrañas de las correccionales del DF. Un amplio texto periodístico donde no hay lugar para maniqueísmos.
La realidad, demasiado compleja, es desmenuzada por Padgett y Loza a través de los testimonios de estos jóvenes, sus familias, documentos de la Secretaría de Seguridad Pública del Distrito Federal y autoridades que brindan apoyo psicológico y realizan actividades culturales en busca de reinsertar a los internos en una sociedad que, así suene a lugar común, tiene su parte de responsabilidad en el devenir de esas vidas.
¿A qué le teme un muchacho al que no le tiembla la mano para asesinar? ¿Conoce el arrepentimiento? ¿Por qué un funcionario público se atreve a decir que no es la pobreza, sino la decisión moral, la que lleva a un niño a delinquir? Son preguntas que se plantean en el libro y las respuestas no son alentadoras.
Sin embargo, en medio del vértigo que ocasiona asomarse al abismo más negro del alma humana, uno encuentra que la sordidez no lo ha absorbido todo. Que en el infierno también hay historias peculiares, como la del maestro panadero que adentro enseña a los muchachos a hornear y afuera se gana la vida como luchador enmascarado. O la de ese grupo de jóvenes que, en pleno cumplimiento de su condena, montan una obra teatral de la mano del actor Daniel Giménez Cacho.
Un país de 52 millones de pobres, que no ofrece alternativas a miles de jóvenes que ni estudian ni trabajan, donde el narcotráfico y el crimen organizado se idealizan como los medios para escalar social y económicamente, es el escenario donde Los muchachos perdidos han trazado sus pasos. Sus testimonios, sus razones y sus claroscuros han sido recopilados por la cruda mirada de un fotógrafo experimentado, y por un reportero que una noche, hace más de un año, perdió la risa. (Tatiana Maillard)


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